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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Cada vez que Miguel Díaz-Canel grita “¡Abajo el imperialismo!”, no está denunciando un sistema de dominación global. Está repitiendo una consigna vaciada de contenido, convertida en herramienta de supervivencia política. Porque si se toma en serio el concepto marxista de imperialismo; el que el propio régimen dice defender, el discurso oficial cubano se derrumba por contradicción interna.
En el marxismo, desde Lenin, el imperialismo no es un país concreto, ni una nacionalidad, ni una bandera. Es una fase caracterizada por la exportación de capital, la dominación de monopolios, la subordinación de economías periféricas y el reparto del mundo en zonas de influencia. Bajo esa definición, no existe un solo imperialismo, sino varios imperialismos coexistiendo y compitiendo.
Reducir el imperialismo a Estados Unidos no es teoría; es conveniencia. Si el discurso cubano fuera coherente con el marxismo, tendría que reconocer como imperialistas (al menos en términos estructurales) a otros actores del sistema mundial. Pero eso no ocurre.
Rusia invade Ucrania, impone su voluntad militarmente y reclama zonas de influencia y Canel lo apoya públicamente.
China exporta capital, controla infraestructuras estratégicas, genera dependencia económica y tecnológica y condiciona decisiones soberanas en numerosos países. Desde el marxismo, ambos fenómenos encajan en dinámicas imperialistas contemporáneas, con sus características propias de imperialismo.
Sin embargo, Díaz-Canel no los denuncia. Los respalda. El criterio no es teórico. Es político, porque el imperialismo es solo aquel que no sostiene al régimen cubano.
La contradicción se vuelve aún más evidente cuando se examina la actuación internacional del propio régimen cubano.
Cuba intervino militarmente en Angola durante años, influyendo en el curso de una guerra y en la configuración del poder político.
Más recientemente, en Venezuela, el régimen cubano no se limitó a la exportacion ideológica; sino que penetró estructuras clave del Estado, desde los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas, ministerio del interior, sectores estratégicos de la economía venezolana, como puertos, aeropuertos y la industria petrolera.
Desde un análisis marxista riguroso, esto no puede llamarse simplemente “solidaridad”. Es ejercicio de poder político y estructural sobre otro país. Es influencia sostenida, condicionamiento de decisiones soberanas y control de áreas estratégicas. Algo así como: una relación de dominación, aunque se disfrace de internacionalismo, es una práctica imperialista.
Pero ese imperialismo no se nombra. Porque el discurso oficial opera con una regla no escrita: El imperialismo es siempre el otro, nunca el aliado, nunca uno mismo.
Lo que hoy se presenta como antiimperialismo en Cuba no es una posición marxista, sino una coartada política. Sirve para justificar el fracaso económico interno, para continuar la fabricación de un enemigo externo permanente y para descalificar cualquier crítica como “funcional al imperialismo”. (dígase Estados Unidos)
No hay análisis materialista. No hay autocrítica. Y tampoco hay coherencia teórica. Hay consigna, grito y repetición ritual. Y eso, paradójicamente, es profundamente antimarxista.
La repetición de esas consignas huecas, no son para despertar conciencias, sino para evitar que despierten.