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Por Yeison Derulo
La Habana.- Miguel Díaz-Canel volvió a pararse frente a las cámaras para repetir una de las frases más gastadas del manual propagandístico del régimen: “aquí hay resultados”. Esta vez, el pretexto fue el anuncio de avances preliminares con el Jusvinza en pacientes afectados por chikungunya en fases posagudas y crónicas.
Desde el Palacio de la Revolución, y rodeado de burócratas y científicos alineados, el presidente intentó vender el estudio como un triunfo de país, en medio de una Cuba donde los hospitales carecen de analgésicos básicos y los enfermos siguen llevando la peor parte del desastre sanitario.
Según la versión oficial, los estudios clínicos comenzaron el 2 de diciembre de 2025 en La Habana y Matanzas, con la hipótesis de que el Jusvinza podría mejorar la artritis crónica post-chikungunya. Se habla de “evolución notable” y de respuestas tempranas al tratamiento, aunque todo se maneja en términos parciales, preliminares y cuidadosamente controlados por el aparato estatal. Nada se dice de cuántos pacientes quedaron fuera del estudio, ni de cuántos siguen sufriendo dolores incapacitantes sin acceso a medicamentos elementales.
Las autoridades sanitarias insistieron en el “adecuado perfil de seguridad” del fármaco y en el rigor del proceso, avalado —cómo no— por el CEDMED, una entidad que responde al mismo Estado que promueve el producto. En Cuba, el regulador, el productor y el vocero político son parte del mismo engranaje, lo cual convierte cualquier validación en un ejercicio de autocomplacencia. El informe definitivo, prometen, llegará en marzo, mientras el pueblo sigue esperando resultados reales y no consignas recicladas.
Especialistas como el doctor Miguel Hernán Estévez del Toro reconocieron que un porcentaje de los pacientes evolucionará hacia una artropatía crónica inflamatoria, una condición que limita seriamente la calidad de vida. Aun así, el discurso oficial se enfoca en la “esperanza” de contar con un medicamento que frene la inflamación, sin explicar por qué ese mismo sistema es incapaz de garantizar rehabilitación, seguimiento continuo y condiciones dignas para los enfermos en todo el país, no solo dentro de un estudio controlado.
Jusvinza, presentado como joya de la biotecnología cubana, ya había sido aprobado para la artritis reumatoide y la COVID-19, y ahora se intenta reposicionarlo frente al chikungunya. El Gobierno celebra la capacidad científica mientras esconde la realidad: médicos que emigran, hospitales en ruinas y pacientes que deben llevar sábanas, jeringuillas y comida desde sus casas. La ciencia existe, sí, pero está secuestrada por una dictadura que la utiliza como vitrina política.
Al final de la jornada, desde el mismo Palacio de la Revolución, se aseguró que la presencia del virus de chikungunya tiende a disminuir en Cuba. Lo que no disminuye es el cinismo oficial: anunciar “resultados” en un país donde enfermarse sigue siendo una condena y donde la salud pública funciona más como discurso que como derecho. Mientras el régimen se felicita a sí mismo, los cubanos continúan pagando con dolor y abandono el costo real de esa propaganda.