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Por Rodrigo Paz
La Habana.- Hay países que entienden el concepto de nación y otros que apenas juegan a parecerlo. Lo digo con conocimiento de causa. Cuando ocurrió el tiroteo en la discoteca gay de Estados Unidos, yo estaba en Chile. Allí murieron chilenos y el gobierno no dudó un segundo: activó su embajada, acompañó a las familias, se hizo cargo del dolor ajeno como si fuera propio. La prensa reaccionó de inmediato y el país entero se sumó a la causa. Así actúa un Estado serio, uno que no pregunta ideología ni orientación sexual antes de hacer lo correcto.
En ese mismo ataque también murieron cubanos. Y Cuba, como siempre, brilló por su ausencia. Ni un comunicado, ni una condolencia oficial, ni un gesto mínimo de humanidad. Mucho menos un centavo para repatriar los cuerpos. El régimen, tan rápido para hablar de soberanía y dignidad en la ONU, fue incapaz de mirar a los ojos a las familias de sus muertos. Porque para la dictadura, el cubano solo importa cuando obedece, cuando aplaude o cuando sirve de consigna.
Hoy vuelve a repetirse la historia con el accidente de trenes en España. Daniela Arteaga, una joven cubana está la vida y la muerte y, del lado de La Habana, silencio absoluto. Ninguna declaración, ninguna preocupación pública, ningún movimiento diplomático visible. Los mismos sinvergüenzas que se llenan la boca hablando de “potencia médica” no son capaces de interesarse por la suerte de una compatriota fuera de sus fronteras. La vida del cubano, fuera del relato oficial, no vale nada.
«Sentidas condolencias al Gobierno y al pueblo de España, por las víctimas y heridos provocados por el descarrilamiento de dos trenes.
Toda nuestra solidaridad en este triste momento», a eso se limitó a decir Miguel Díaz-Canel. Ni por su mente pasó mandar condolencias a la compatriota accidentada. Sin…casa como el solo.
Cualquier país que se respete, más allá de creencias políticas o diferencias ideológicas, tiene el deber moral de proteger a sus ciudadanos estén donde estén. Es una obligación básica, casi elemental. No se trata de caridad ni de propaganda, se trata de humanidad. Pero en Cuba, el Estado dejó de ser nación hace mucho tiempo y se convirtió en una maquinaria fría, diseñada solo para sostener el poder de unos pocos.
Un país que se respete, enseguida monta en un avión a la familia de la joven y la manda a España, activa al embajador en ese país y se vuelcan al caso. Por eso no exagero cuando digo que Cuba, como concepto de país responsable y solidario, no existe. Y mientras siga gobernada por una dictadura incapaz de sentir el dolor ajeno, tampoco existirá. Lo que hay es un régimen que abandona a sus muertos, ignora a sus heridos y le da la espalda a su gente. Eso no es un país. Es una vergüenza con bandera.