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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Una declaración de «estado de guerra» en Cuba no sería el preámbulo de un conflicto bélico convencional. Sería, ante todo, un acto de teatro político macabro, la última y más desesperada herramienta escénica de un régimen que ha agotado su repertorio. No se trata de defenderse de una invasión inminente —inexistente en los planes serios de Washington durante décadas, aunque no tan claro ahora—, sino de activar un mecanismo interno de control total.
El enemigo exterior, útil y recurrente fantasma, serviría de coartada perfecta para la militarización definitiva de la sociedad. Sería el golpe de timón hacia una dictadura abiertamente castrense, donde la lógica de la trinchera justifique toda privación y anule cualquier disenso.
La movilización masiva de jóvenes reservistas cumpliría una doble y cínica función. De cara al exterior, una pantomima de fuerza: mostrar a Washington una multitud uniformada, un ejército de sombras con fusiles oxidados y más ánimo de huir que de combatir. La imagen pretende decir: «Tenemos carne de cañón de sobra».
Pero la audiencia principal está dentro. La verdadera misión es extraer a esa masa juvenil, el sector más impredecible y hastiado, del espacio relativamente libre de sus hogares y comunidades. Encerrarlos en cuarteles, someterlos a la férrea disciplina militar, es neutralizar el fermento de la protesta. Un joven en un batallón, bajo consigna y vigilancia constante, es infinitamente más dócil que un joven en una esquina, con un teléfono y hambre.
Mientras la juventud es catapultada a la primera línea de una guerra ficticia -al menos por el momento-, la verdadera jerarquía del poder se encapsularía en una burbuja de máxima seguridad. Los dirigentes a todo nivel, junto a sus familias y allegados, se replegarían a búnkeres y residencias fortificadas, protegidos por los mejores equipos y las lealtades más costosas.
La desigualdad, ya obscena, se volvería estructural y castrense: ellos, en la retaguardia absoluta; el pueblo, convertido en escudo humano y carnada propagandística. Su supervivencia física no sería una prioridad por afecto, sino por cálculo: son los actores necesarios para el drama y los únicos con derecho a un final digno en el guion.
En esta lógica perversa, las bajas civiles dejarían de ser una tragedia para transformarse en un recurso. Al régimen no le aterran los muertos; le aterra la irrelevancia. Cada víctima de un hipotético ataque o de la hambruna colateral sería, inmediatamente, instrumentalizada. Su imagen, su nombre, serían lanzados como misiles de propaganda para movilizar el resentimiento nacionalista y buscar simpatías internacionales blandas.
La ecuación es criminal en su simpleza: a más sufrimiento, más capital político. La vida del ciudadano común se reduciría a su valor utilitario como mártir potencial en el relato de la victimización perpetua que sustenta al sistema.
La declaración serviría, además, de cortina de humo definitiva para el colapso económico terminal. Los «tiempos de guerra» justificarían racionamientos draconianos, apagones eternos, la desaparición total de alimentos en mercados no castrenses.
La escasez ya no sería un fracaso de la planificación socialista, sino un «sacrificio heroico» impuesto por el bloqueo y la agresión imperial. La población, exhausta y aterrada, dirigiría su frustración hacia el enemigo externo fabricado, mientras la nomenklatura militar y sus redes de suministro seguirían funcionando en la opacidad.
El desastre previsible dejaría de ser responsabilidad del gobierno para convertirse en una consecuencia de la guerra que ellos mismos han declarado.
Este escenario no nace de la paranoia, sino de la lectura fría de un callejón sin salida. El gobierno cubano ha descifrado las intenciones de la nueva administración en Washington que, bajo figuras como Trump o Rubio, ha dejado claro que el tiempo de la tolerancia estratégica se agotó. Saben que el modelo, sin el oxígeno del turismo masivo y las remesas, es inviable.
Ante la certidumbre de su fin económico y político, la declaración de «estado de guerra» emerge como la opción final: convertir la agonía controlada del país en un instrumento de perpetuación en el poder. No es un plan para ganar una guerra, sino para ganar tiempo, aplastar la disidencia interna y morir, si es necesario, clavando la bandera en el cadáver de la nación.
Es la última confesión: prefieren una Cuba en ruinas, pero bajo su mando, a una Cuba en paz que los juzgue.