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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Dos visiones irreconciliables
Houston.- Trump y el comunismo no mezclan. Son aceite y vinagre: pueden compartir la misma mesa, pero jamás el mismo frasco. Representan dos concepciones opuestas del hombre, del poder y del futuro.
El comunismo parte de una premisa falsa: que el individuo debe someterse al Estado para alcanzar una supuesta igualdad. En la práctica, destruye la iniciativa, anula el mérito, castiga el esfuerzo y convierte a la sociedad en una masa dependiente. Allí donde gobierna, deja ruinas, colas, miedo y silencio.
Trump, en cambio, representa la visión de la nación fuerte, soberana, productiva. Defiende la economía de mercado como motor del progreso, el trabajo como fuente de dignidad y la libertad como esencia del desarrollo. Para esa concepción, el Estado no debe asfixiar, sino proteger; no debe controlar, sino garantizar reglas claras.
Son proyectos incompatibles. Uno administra la escasez. El otro apuesta por la abundancia. Uno necesita ciudadanos sumisos. El otro necesita ciudadanos libres.
Aceite y vinagre: no se fusionan, se repelen.
“Hacer grande a Estados Unidos otra vez” no es una consigna vacía. Es una idea de país. Es la recuperación del espíritu productivo que convirtió a la nación en la locomotora del mundo.
Significa reindustrializar, defender la energía propia, proteger la frontera, garantizar la seguridad ciudadana y devolverle centralidad al trabajador. Significa que la prosperidad no sea un privilegio de élites financieras, sino una oportunidad real para la clase media y los pequeños emprendedores.
La grandeza no se construye con subsidios eternos ni con burocracia ideológica. Se construye con fábricas encendidas, puertos activos, campos productivos, comercio vigoroso y un mercado laboral dinámico. Se construye con respeto a la ley, a la propiedad privada y a los contratos.
Un país grande no mendiga: produce.
Un país grande no se arrodilla: compite.
Un país grande no se disculpa por existir: lidera.
La grandeza exige liderazgo. No para administrar decadencias, sino para revertirlas. No para justificar fracasos, sino para superarlos.
Trump encarna un liderazgo que habla claro, que nombra al enemigo ideológico sin complejos y que entiende que el comunismo no es una alternativa económica, sino una patología política. Donde ese sistema se ha instalado, ha destruido naciones enteras y ha convertido pueblos prósperos en sociedades dependientes.
Estados Unidos no puede permitirse ese destino. Su historia, su vocación y su responsabilidad global exigen fortaleza. Exigen soberanía. Exigen carácter.
El siglo XXI será de las naciones que produzcan, innoven y defiendan su identidad. No de las que se entreguen a doctrinas fracasadas.
Asi las cosas, Trump y el comunismo no pegan. Son dos caminos que se cruzan, pero jamás se unen. Uno conduce al estancamiento, el otro al crecimiento. Uno fabrica pobreza, el otro crea riqueza. Uno necesita obediencia, el otro necesita libertad.
Estados Unidos solo puede ser grande desde la prosperidad, el trabajo y la soberanía.
Todo lo demás es vinagre ideológico.
Y el pueblo americano, como la historia ha demostrado, nació para ser aceite: fuerte, libre e imposible de someter.