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El desparpajo de un país

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Por Oscar Durán

Santa Clara.- Pasamos del luto al perreo sin darnos cuenta. Así, en seco. Hace nada estábamos en duelo nacional, con cara de foto carnet, discursos impostados y llamados a la solemnidad, y de pronto Santa Clara parecía el Carnaval de Santiago. Un trencito, reguetón a todo volumen y los peloteros de Villa Clara paseados como héroes épicos por clasificar a unos play off. Y yo me pregunto, sin ironía barata, ¿en qué momento se nos rompió el termostato moral?

Porque no estamos hablando de una hazaña histórica ni de una Serie Nacional memorable. Todo lo contrario. Esta es, sin miedo a exagerar, la peor Serie Nacional de béisbol que se ha jugado en Cuba. Estadios vacíos, nivel paupérrimo, peloteros que se van o quieren irse, y una estructura competitiva que da pena ajena. Sin embargo, ahí estaban, montados en un trencito, celebrando como si hubieran ganado la Serie Mundial.

Lo más triste no es la celebración en sí. El cubano siempre ha celebrado lo poco que le dejan celebrar. Lo verdaderamente alarmante es la facilidad con la que pasamos del dolor “oficial” a la fiesta conveniente. Un día te piden recogimiento, al otro te ponen reguetón y confeti. Todo depende de lo que convenga mostrar en cámara, de lo que sirva para anestesiar un rato la miseria cotidiana.

https://www.facebook.com/reel/910014228265901

Ese recibimiento en Santa Clara no fue espontáneo ni ingenuo. Fue una postal fabricada para decir “miren, aquí hay alegría”, aunque no haya corriente, ni comida, ni esperanzas. El béisbol, como tantas otras cosas en Cuba, terminó siendo un instrumento más para simular normalidad, para tapar con música alta lo que cruje por debajo.

Y mientras el trencito avanzaba por la ciudad, yo no podía dejar de pensar que no era el equipo el que estaba dando vueltas, éramos nosotros. Dando vueltas en el mismo círculo vicioso: duelo cuando conviene, fiesta cuando hace falta, y siempre, siempre, una falta de respeto enorme a la inteligencia de un país cansado. Celebrar no es el problema. El problema es que ya no sabemos ni qué, ni cuándo, ni por qué estamos celebrando.

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