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La muerte en Cuba está jerarquizada

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Por Yeison Derulo

La Habana.- En la guerra entre Rusia y Ucrania están muriendo cubanos. Mercenarios cubanos. No sabemos la cifra exacta porque la dictadura, como siempre, prefiere el silencio y la mentira antes que la verdad. Pero mueren. Caen lejos de su tierra, usados como carne de cañón, enviados a una guerra que no es suya, a cambio de promesas, de dólares o de una salida desesperada a la miseria que dejaron atrás. Y cuando mueren, no hay flores, no hay discursos, no hay banderas cubriéndoles el ataúd.

A esos cubanos nadie les rinde tributo. El régimen ni siquiera reconoce oficialmente que existen, que fueron reclutados, que combatieron, que sangraron. Para la propaganda, simplemente no están. Son fantasmas incómodos, errores que no conviene mencionar. Mientras tanto, hay madres en Cuba que lloran en silencio, sin una tumba donde llevar una flor, sin un “murió cumpliendo con su deber”, sin nada. El olvido también mata.

Pero en ese mismo país donde se oculta a los muertos incómodos, el régimen organiza marchas, actos y homenajes. Envía a la gente a rendir tributo a 32 militares cubanos caídos durante la captura de Nicolás Maduro. Ahí sí hay épica, consignas, cámaras, lágrimas televisadas y discursos grandilocuentes. Ahí sí conviene recordar, inflar el relato y usar la muerte como instrumento político. La doble moral elevada a política de Estado.

Esto es un circo de país por donde quiera que lo mires. Un lugar donde el valor de una vida depende de si sirve o no al relato oficial. Donde unos muertos son héroes y otros son basura que se barre debajo de la alfombra. Donde se honra lo que conviene y se entierra en el anonimato lo que estorba. Todo, absolutamente todo, filtrado por la conveniencia del poder.

Y mientras tanto, en Cuba, hay madres que no duermen, padres que envejecen de golpe, familias rotas para siempre. Hijos que se fueron vivos y regresaron en silencio, sin nombre y sin homenaje. Nadie marcha por ellos. Nadie los menciona en la Mesa Redonda. Nadie les debe nada, al parecer. En este país, incluso la muerte está jerarquizada. Y casi siempre, los que no importan, son los mismos de siempre.

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