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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- A simple vista, podría parecer la reunión de un consejo de ancianos en un asilo militar, un cuadro patético donde el tiempo ha vencido incluso a los más duros. Pero no, es la cúpula gobernante de Cuba reunida en lo que pretende ser una demostración de fortaleza y unidad. Ahí están, todos embutidos de verde olivo, remarcado por los años y el poder absoluto, como si el uniforme fuera un disfraz capaz de ocultar la decrepitud y el fracaso.
Entre ellos, Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura, dos nonagenarios que apenas pueden sostenerse en pie, convertidos en espectros de una revolución que se niega a morir, sostenidos más por el aparato que los rodea que por sus propias fuerzas. Es una imagen que no evoca respeto, sino lástima; no proyecta autoridad, sino la tenue sombra de un régimen que se aferra al pasado con uñas y dientes.
El motivo de esta puesta en escena, tan cuidadosamente orquestada como frágil, fue un homenaje a los 32 militares cubanos muertos en Venezuela durante la operación estadounidense para capturar a Nicolás Maduro. Toda la parafernalia marcial, las banderas, la solemnidad impostada, se montó para transformar una derrota estratégica y unas muertes lejanas en un relato de sacrificio heroico y resistencia antiimperialista.
Pero la foto desmiente el discurso: lo que muestra es a una gerontocracia asustada, reunida no para honrar a sus caídos, sino para mandar un mensaje de control interno en un momento de máxima presión externa. El miedo a una intervención directa de Estados Unidos, tras el golpe en Venezuela, recorre cada pliegue de esos uniformes.
Completan el cuadro los otros pilares del poder actual: el impuesto Miguel Díaz-Canel, más demacrado que nunca y rígido, tratando de emular una autoridad que nunca emanará de él; el gordiflón Manuel Marrero, cuyo cuerpo parece una metáfora de la burocracia hinchada e inútil que dirige; y Esteban Lazo, cuyo habla ininteligible lo convierte quizás en el político con peor dicción del mundo, un hombre cuya sola elocuencia demuestra el deterioro de la clase dirigente. Rodeándolos, militarotes con estrellas en los hombros, fieles no a la nación sino al clan que les garantiza privilegios. Es la foto de familia de una dictadura que ya no puede ofrecer ideología, sino solo lealtad forzada y miedo.
En este teatrito de poder senil, hubo una aparición reveladora: la de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, nieto y escolta personal de Raúl Castro. Dejó a un lado por unas horas sus lucrativas funciones como empresario de la oligarquía militar —el verdadero poder económico en la isla— y se vistió con un impecable uniforme verde olivo para acompañar a su moribundo abuelo. Su presencia es la clave de todo: simboliza la trágica sucesión dinástica, donde la sangre y el apellido pesan más que el mérito o la voluntad popular. El Cangrejo no está ahí como soldado, sino como príncipe heredero de una corte decadente, asegurándose de que la transición del poder, cuando el tirano finalmente caiga, no salga de la familia.
La cúpula castrista cree, con una ingenuidad que raya en la demencia, que aparecer una vez más enfundada en verde olivo va a volver a enamorar a un pueblo cansado de todo: cansado de la miseria, de la represión, de la doble moral, de ver envejecer a sus líderes mientras el país se hunde. Creen que el fetiche del uniforme y la retórica gastada de “patria o muerte” aún pueden convocar el fervor de otros tiempos. Lo que la foto captura, sin embargo, es justo lo contrario: la distancia abismal entre una élite anclada en sus rituales vacíos y una sociedad que lucha día a día por sobrevivir, ajena ya a estos sainetes de poder.
Esta imagen no es un documento histórico de grandeza, sino un epitafio visual. Congela el instante en que un régimen, reducido a pura fachada militar y símbolos rotos, intenta convencerse a sí mismo de que aún tiene vigor. Muestra a hombres viejos y temerosos, rodeados de generales, tratando de aparentar una fortaleza que se les escapa de las manos tan inevitablemente como la vida. Es la prueba definitiva de que el gobierno cubano ya no es más que esto: el último acto de una obra que lleva seis décadas en cartelera, representada por actores decrépitos ante un público que hace rato dejó de aplaudir.