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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Donde la palabra es delito y el pensamiento sospecha, no existe patria posible. Solo existe miedo. Solo existe obediencia. Y solo existe prisión moral. La historia de Cuba desde 1959 es la historia de una nación amordazada, donde la inteligencia fue perseguida, la cultura domesticada y la creación convertida en propaganda.

Fidel Castro entendió desde muy temprano que la cultura libre era incompatible con su proyecto totalitario. Por eso lanzó una cruzada sistemática contra la intelectualidad cubana. No buscaba artistas ni pensadores, buscaba repetidores. No quería escritores, quería consigneros. Tampoco deseaba cultura, sino panfletos.

La famosa consigna “Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada” no fue una frase retórica. Fue una sentencia. A partir de ahí comenzó la purga moral de la nación. El arte quedó bajo vigilancia. La literatura bajo sospecha. El pensamiento bajo control. La creación bajo permiso.

Quien no se arrodilló fue castigado. Quien no aplaudió fue marginado, y quien no mintió fue silenciado.

El Caso Padilla y el éxodo cultural

El caso de Heberto Padilla marcó un punto de inflexión histórico. Su encarcelamiento y posterior autoinculpación pública, forzada y humillante, sacudió a la intelectualidad mundial. Vargas Llosa, Sartre, Octavio Paz, Susan Sontag, entre muchos otros, comprendieron entonces que Cuba no era una utopía, sino una cárcel ideológica. Padilla no fue un caso aislado. Fue un mensaje. El régimen estaba dispuesto a destruir a quien pensara por cuenta propia.

Desde entonces comenzó el gran éxodo cultural de la nación.

Se fueron Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Zoe Valdés, Carlos Alberto Montaner, Jesús Díaz, Orlando Jiménez Leal, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, entre tantos otros. Poetas, narradores, ensayistas, cineastas, periodistas. La flor y nata del pensamiento cubano fue empujada al destierro.

No emigraron por comodidad. Emigraron por asfixia. Emigraron por persecución, porque en Cuba pensar se convirtió en delito.

Y se quedaron los que aceptaron el yugo. Los que cambiaron talento por privilegios. Los que aprendieron a escribir con permiso, y que convirtieron la cultura en un apéndice del poder. Pero, sobre todo, los que entendieron que la obediencia era más rentable que la dignidad.

Así nació la cultura oficial: una maquinaria de propaganda sostenida por escritores domesticados, artistas funcionales y burócratas del aplauso. Una cultura sin alma, sin riesgo, sin verdad.

Un cultura de cartón

En el socialismo no puede haber creación auténtica porque toda creación verdadera es libre. Y la libertad es el enemigo natural de cualquier dictadura. El arte necesita preguntas, el poder necesita obediencia. El pensamiento necesita conflicto, el totalitarismo necesita sumisión.

Miremos hoy a Cuba. ¿De qué cultura hablamos? ¿De qué literatura? ¿Y de qué pensamiento? Lo que queda es un páramo intelectual sostenido por panfletos, consignas y voceros pagados para glorificar a una cúpula envejecida, ignorante y corrupta.

La nación fue vaciada de su inteligencia. La patria fue despojada de su espíritu. Y la cultura fue convertida en instrumento de dominación.

Y donde no se puede opinar, no hay nación.

Hay cárcel.

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