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Por Albert Fonbse ()
Ottawa.- La reunión entre Donald Trump y María Corina Machado ha sido interpretada por muchos como un desaire, y por otros como una oportunidad perdida. En realidad, revela algo más profundo: la forma en que Trump ejerce el poder cuando ya no está confrontando a un régimen, sino administrando una transición bajo su control.
Trump no trató a María Corina como una aliada estratégica porque, en este momento, no la necesita en ese rol. La caída de Maduro ya ocurrió. El punto de quiebre no fue la oposición interna, sino la acción directa de Estados Unidos. Ese hecho cambia por completo la relación de fuerzas. Cuando el poder real ya está concentrado, Trump evita legitimar liderazgos externos de inmediato. Primero consolida el control. Después decide a quién delega.
Por esa razón, la reunión fue privada, sin cámaras, sin declaración conjunta y sin ningún mensaje posterior del propio Trump. Escuchar no equivale a respaldar. Recibir no significa ungir. El mensaje fue claro: la transición venezolana no se define por gestos simbólicos, sino bajo supervisión directa del poder que hoy manda.
María Corina llega con un capital político y moral enorme. El Nobel de la Paz le da legitimidad internacional y peso simbólico. Precisamente por eso, Trump mantiene distancia. Su estilo siempre ha sido desconfiar de figuras que pueden convertirse en polos de poder autónomos. Prefiere interlocutores funcionales, no líderes con autoridad propia que puedan condicionar decisiones futuras.
El gesto de entregar la medalla del Nobel es clave para entender la asimetría. Para Machado fue un acto de reconocimiento y apuesta política. Para Trump fue solo un gesto que no respondió públicamente. No hubo agradecimiento visible, no hubo foto, no hubo publicación. En política, el silencio también es un mensaje. Aquí comunicó control.
Desde la Casa Blanca se reiteró que no cambiaba la evaluación sobre el apoyo interno de María Corina dentro de Venezuela. Esa afirmación no es personal. Es estratégica. Trump está marcando que el liderazgo de la transición no se decide por prestigio internacional, sino por utilidad práctica dentro de su diseño político.
El mensaje no va dirigido solo a Machado. Está dirigido a todos los actores venezolanos. Nadie está elegido todavía. Nadie tiene garantías. Todo está bajo evaluación. Esa incertidumbre controlada es una herramienta clásica de poder. Mantiene a todos negociando desde abajo.
Trump está gestionando Venezuela como una empresa intervenida. Primero asegura el control total. Luego audita el escenario político. Finalmente, decide a quién le entrega responsabilidades. En ese esquema, María Corina no está descartada, pero tampoco está empoderada. Está en reserva estratégica.
La reunión no fue un respaldo ni un rechazo. Fue una evaluación silenciosa. En la lógica de Trump, eso significa una sola cosa: el futuro político de Venezuela no se decide por símbolos, sino por quién se adapta al nuevo centro de poder.
Trump está actuando como el inversor que adquiere una empresa en quiebra: entra, remueve al antiguo gerente, congela decisiones y revisa cada área crítica. María Corina llega como la ejecutiva con el mejor prestigio externo y un currículum impecable, se sienta a la mesa y expone su plan, pero no recibe un nombramiento inmediato. No hay desprecio ni aplausos, solo evaluación. Él escucha, toma nota y mantiene la autoridad centralizada porque sabe que nombrar demasiado pronto debilita el control. Primero se estabiliza la empresa. Luego se decide quién dirige. Así es el mundo de Trump, guste o no.