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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- La dirección del gobierno interior de Venezuela se ha convertido en una mala puesta en escena. Un guion repetido hasta el cansancio donde las palabras altisonantes sirven para el consumo interno, mientras que las acciones, siempre ambiguas, revelan las verdaderas intenciones de lo que queda del chavismo. La retórica desafiante contrasta con movimientos calculados, silenciosos y pragmáticos, que apuntan a un solo objetivo: salvar el pellejo.
El chavismo, desde su origen, fue la coartada perfecta de un grupo de delincuentes armados con poder político para saquear las riquezas del país con una pátina de legalidad internacional. Bajo consignas grandilocuentes y una narrativa “antiimperialista”, se construyó un sistema donde el expolio fue norma y la impunidad, regla. Lo que hoy sobrevive de ese proyecto, mutado en madurismo, no es más que una caricatura macabra: un aparato que simula firmeza mientras negocia su supervivencia.
Esa doble moral se hace evidente cada vez que el régimen levanta la voz en público y, al mismo tiempo, deja abiertas puertas que supuestamente no existen. Dicen una cosa para las cámaras y hacen otra muy distinta cuando nadie mira. En esa grieta entre el discurso y la acción se cuela la verdad. Y las más recientes declaraciones de Delcy Rodríguez no hacen más que confirmarlo: el lenguaje se modula, los tonos se suavizan y la ambigüedad se convierte en estrategia.
No es casual. Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello figuran entre los más expuestos si el cerco internacional se cierra de verdad. Saben que, en un escenario de no cooperación con Estados Unidos, el costo personal puede ser definitivo. Por eso la espada de Damocles pende sobre sus cabezas y por eso mismo están dispuestos a todo para apartarla, incluso a “venderle el alma al diablo” si es necesario.
En este cálculo frío hay una certeza incómoda: La Habana ya no es garantía. El régimen de Cuba no asegura ni siquiera su propio pellejo, mucho menos el de aliados extranjeros. La supuesta protección ideológica se evapora cuando la supervivencia entra en juego. Y los jerarcas venezolanos lo saben.
Así, detrás del ruido, del teatro y de las consignas, se impone la realidad: el poder en Venezuela ya no se ejerce con convicción, sino con miedo. El miedo a perderlo todo. Y cuando el miedo manda, las palabras dejan de importar. Porque, al final, digan lo que digan en público, la verdad se abre paso en los hechos. Canel debía saber esto y actuar en consecuencia, porque, aunque él sea una marioneta autorizada, no lo va a salvar ni la obediencia debida.