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Por Alina Arcos Fdez-Britto ()

La Habana.- Confieso que cuando el sábado 3 de enero, desperté con la noticia del secuestro de Maduro por la Delta Force de EE.UU, me asaltaron casi al unísono dos sentimientos contrapuestos.

En primer lugar, experimenté una inmensa alegría, ante la caída del hombre que encabezaba la dictadura que sufre hace tantos años Venezuela y que tantos puntos en común tiene con la nuestra.

Por otro lado, me embargó un sentimiento de indignación por la forma en que sucedió y por quién lo había ejecutado, mostrando su prepotencia habitual y un total desprecio por la soberanía de ese pueblo.

Porque además, no fue la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo o a favor de la democracia, sino el ansia de control sobre la región y el petróleo venezolano, lo que lo motivó. Y no lo digo yo, lo dijo Trump.

Creí entonces compartir con los venezolanos, un sentimiento de común rechazo a la vulneración de su suelo por una potencia extranjera. Algo que me parecía demasiado sagrado para ser admisible, incluso cuando el resultado fuera en principio favorable…pero me equivoqué.

Escuchando sus argumentos, descubrí con desconcierto, que la inmensa mayoría de ellos (que son los únicos que realmente importan en esta historia), celebraban lo ocurrido con innegable júbilo, lo que me llevó a un profundo cuestionamiento personal.

Las interrogantes

¿Qué sentiría yo si algo así ocurriera en mi país?

¿Pensaría de igual forma que ahora si (como no es el caso), viviera yo como tantos venezolanos y cubanos en la precariedad extrema, con familiares obligados a emigrar o en condición de prisioneros políticos?

¿O si ya hubiera perdido las esperanzas de lograr por nosotros mismos y sin ayuda foránea, la libertad como individuos y la prosperidad como nación?

¿Estaba mi postura condicionada por mi situación hasta cierto punto privilegiada?

Honestamente, no lo sé. Me gustaría pensar que no.

Con cualquiera de mis condicionantes o de los que por fortuna no tengo, existe un infinito espectro de criterios, consideraciones, sentimientos y emociones diversas. La inmensa mayoría válidos.

Soy consciente de que no hay una sola respuesta moralmente superior. La libertad y la soberanía se evaluan de manera diferente según las prioridades y las circunstancias de cada cual. Respeto profundamente las motivaciones de los otros cuando emanan desde lo humano y lejos estoy de pretender juzgarlos. Y no espero otra cosa para conmigo.

Los de abajo y los de arriba… en Cuba

Personalmente, sigo creyendo que una transición pacífica en Cuba es posible, si la inmensa mayoría de «los de abajo» (que somos considerablemente más), acabamos de asumir nuestra responsabilidad como actores y gestores políticos y sociales de los cambios que nuestro país necesita y presionamos lo suficiente a «los de arriba» hasta que no les quede otra opción que ceder.

O si «los de arriba», acaban de asumir de una buena vez que su modelo fracasó y su tiempo se acabó, y que aferrarse al poder a cualquier precio (como está ocurriendo) solo hará mas difícil y traumático el cambio inevitable.

Que su negativa a aceptarlo no evitará que suceda, pero sí aumentará el riesgo de una guerra fratricida entre cubanos, de un golpe de estado interno o algún equivalente (con o sin participación foránea) o bastante menos probable, pero no imposible, de una intervención militar. Todas ellas en gran medida incontrolables e impredecibles en sus resultados, con su dosis inevitable de violencia y muerte.

Creo sinceramente que nuestra mejor opción y bastante más honorable, es que seamos LOS CUBANOS (todos) los que encontremos la respuesta y la solución a la situación de Cuba.

Creo que nadie vendrá a «salvarnos» mesiánicamente, y de seguro, nadie podrá hacerlo mejor que nosotros, que somos los genuinamente interesados.

La necesidad de ser libres

Creo que si bien el fin del actual gobierno y del modelo político que tenemos, es indispensable para que el cambio suceda, eso por si solo no garantiza la instauración de una verdadera democracia y un real estado de derecho. Y definitivamente no garantiza de facto que Cuba sea libre.

Creo que si queremos cambiar lo que sucede en NUESTRO país, tenemos que dejar de pretender que venga «alguien» ajeno a resolver lo que es NUESTRO problema.

De hecho, me parece paralizante y desmovilizador estar esperando que venga otro a hacer lo que a NOSOTROS corresponde y no hemos sido capaces de hacer. Sin mencionar que esa «ayuda» puede no llegar nunca.

Por último, no creo que nadie pueda asegurar, que lo que resulte de la misma sea lo que queremos, necesitamos y hemos ansiado tanto.

La pregunta ineludible es: Esa alternativa ¿nos hará realmente LIBRES?

Mi propuesta (o reto) es, hacernos responsables Nosotros de NUESTRO futuro y no dejarlo en manos de Otros… porque nunca seremos verdademente libres.

Y ya que estamos hablando de LIBERTAD, empecemos por lo más básico:

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