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La historia detrás de la foto (LXIX)

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Por Oscar Durán

La Habana.- Si esta imagen de Miguel Díaz-Canel no es Inteligencia Artificial, los días del castrismo están contados. Hace un mes estaba Gerardo Hernández burlándose con su tic tac y ahora son ellos los que están en las últimas.

Ahí ven a Canel, sentado, cabizbajo, firmando un libro que nadie leerá, luce flaco, demacrado, como si el peso de un país en ruinas por fin hubiera decidido posarse sobre sus hombros. No hay épica en la foto, no hay liderazgo, no hay energía. Hay cansancio. El cansancio del hombre que heredó el poder sin saber qué hacer con él y que hoy gobierna a una nación que se le desmorona entre apagones, hambre y éxodos masivos.

Su rostro apagado no transmite preocupación por el pueblo, sino desgaste personal. Es la cara del burócrata que repite consignas mientras la realidad lo desmiente todos los días. La mirada no va al frente, no busca futuro; se queda anclada en el papel, en la firma mecánica, en el trámite vacío. Díaz-Canel no parece un presidente tomando decisiones, sino un empleado cumpliendo órdenes atrasadas de un sistema que ya no cree ni en sí mismo.

El contexto de la imagen tampoco ayuda. Las banderas, la puesta en escena, la solemnidad forzada contrastan con la Cuba real, esa que no sale en los encuadres oficiales: la de los refrigeradores vacíos, los hospitales sin recursos y los jóvenes haciendo colas en embajadas. Mientras él firma, el país se apaga. Mientras él posa, la gente sobrevive. Esa distancia entre la foto y la calle es, quizás, el resumen más honesto de su mandato.

Que luzca delgado y demacrado no es un detalle menor. El castrismo siempre se vendió como fortaleza, como resistencia, como aguante. Hoy su principal figura parece todo lo contrario: frágil, agotada, sostenida más por el aparato represivo que por el respaldo popular. No es la imagen de un sistema confiado en su continuidad, sino la de uno que administra el tiempo que le queda, aunque no sepa cuánto es.

Esta foto no anuncia necesariamente el final del castrismo, pero sí confirma su decadencia. Díaz-Canel aparece como lo que es: un presidente sin carisma, sin soluciones y sin pueblo. Un hombre que firma mientras la historia le pasa factura. Y cuando un poder empieza a verse cansado, flaco y sin alma, suele ser porque, aunque no lo admita, sabe que sus días —al menos como proyecto— están contados.

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