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Por Jorge L. León (historiador e investigador)
Houston.- Como llegan a nuestra isla los vientos cargados de arena del Sahara, llegan también los aires de la libertad. No se ven, pero se sienten. No se anuncian, pero estremecen. Son corrientes que atraviesan el miedo, que despeinan la resignación y que despiertan conciencias adormecidas por décadas de mentira.
Siempre reviso la historia y siempre la someto a un punto de partida ineludible: la evidencia. Sin evidencia no existe historia, solo propaganda. Sin verdad no hay memoria, solo manipulación. La historia auténtica es el gran ejercicio de la razón humana, el espacio donde los pueblos aprenden de sus errores, de sus tragedias, de sus avances y de sus caídas. Pero cuando la historia cae en manos del fanatismo, deja de ser conocimiento y se convierte en instrumento de dominación.
El fanatismo y la hipocresía son lastres que retrasan a las sociedades. Son barreras invisibles que deforman la conciencia y convierten al ciudadano en súbdito. Estos fenómenos muestran lo peor del ser humano: lo condicionan, lo domestican, lo obligan a ponerse grilletes sin sonrojarse, a defender su propia miseria como si fuera un privilegio.
Lo veo a diario en las ofensas que me lanzan, grotescas, sucias, miserables. Y sin embargo siento más pena que rabia. Son cubanos. Cubanos humillados, deformados por una ideología que les robó la dignidad, el pensamiento y la esperanza. Eso duele más que cualquier insulto.
Me llegan como graznidos sin alma, carentes de vergüenza y de ideas. Son voces que no saben quiénes son ni por qué viven como viven. Son víctimas de una maquinaria que los educó para obedecer, no para pensar. Atados a una ideología podrida, se convierten en esclavos voluntarios de una mentira histórica.
Pero los vientos están llegando. Se respiran. Se sienten en la calle, en la mirada cansada del pueblo, en la juventud que ya no cree, en el anciano que ya no espera promesas. A los cubanos no nos falta coraje. Nos sobra historia. Nos sobra heroísmo. Y nos sobra memoria.
Todo llega a su fin. Ninguna tiranía es eterna. Ninguna mentira resiste para siempre el peso de la verdad. Hoy es tiempo de romper máscaras, de levantar la cabeza, de plantarse y decir basta. Basta de miedo. Basta de silencio. Y basta de obediencia forzada.
Nos espera un futuro sin comunismo. Un futuro donde podamos pensar sin permiso, leer sin censura, hablar sin temor, crear sin vigilancia. Un futuro donde Cuba vuelva a abrirse al mundo y a sí misma. Un país sin grilletes ni consignas huecas. Y un país de ciudadanos, no de súbditos.
Este no es un llamado a la violencia, es un llamado a la conciencia. No es una consigna, es una responsabilidad histórica. No es un sueño ingenuo, es una necesidad moral.
A este nuevo amanecer te estamos convocando. A esta hora decisiva de nuestra historia. Y en este instante en que el miedo comienza a retroceder y la dignidad vuelve a levantarse.
Únete. Despierta. Recuerda quién eres. Y di, como tantos cubanos ya están diciendo en silencio: hasta aquí.