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Por Max Astudillo ()
La Habana.- La respuesta del gobierno cubano al mensaje de Trump es un ejercicio de tautología diplomática. Negar las conversaciones mientras se afirma la «disposición al diálogo» es un guion gastado, un recurso retórico diseñado para mantener la fachada de soberanía inquebrantable ante una base doméstica que clama por firmeza.
Pero esta vez, la fórmula suena particularmente hueca, casi desesperada. No se trata de la habitual danza de desmentidos entre enemigos históricos; es la reacción instintiva de un régimen que sabe que el tablero ha cambiado, que Washington ya no juega al ajedrez diplomático, sino al póquer geopolítico, y que ha subido la apuesta hasta niveles existenciales.
Al insistir en el «bloqueo» como eje causal de todo —incluyendo la diáspora—, el régimen recurre a su narrativa fundacional, un relato que durante décadas le ha otorgado coherencia interna y victimismo útil. Sin embargo, este argumento, hoy, choca contra un muro de pragmatismo norteamericano que lo considera obsoleto.
Para la administración Trump-Rubio, el embargo no es el problema a resolver, sino una herramienta más de presión dentro de un arsenal cuyo objetivo declarado ya no es modificar conductas, sino precipitar un cambio de régimen. Hablar de «derecho internacional» y «beneficio recíproco» frente a una estrategia que opera en los márgenes de la coerción máxima es como invocar las reglas del cricket en medio de un combate de boxeo callejero.
La verdadera encrucijada —y aquí el desmentido oficial es un síntoma, no la causa— se revela en la contradicción insoluble en la que está metido el castrismo. Por un lado, debe proyectar fortaleza y negar cualquier negociación que huela a rendición para no erosionar su último pilar de legitimidad: la resistencia.
Por el otro, es consciente de que el cerco se estrecha, que la economía es un esqueleto y que la presión migratoria, que ellos mismos citan, es un polvorín social. La invocación a los «acuerdos migratorios» que Cuba «cumple escrupulosamente» es un grito ahogado pidiendo que se mantenga al menos un canal de comunicación, el último hilo que evita una ruptura total y sus consecuencias imprevisibles.
Mas es precisamente en esta debilidad donde Washington ha puesto la mira. La estrategia no es entablar un «diálogo serio» sobre bases de igualdad, como pide La Habana, sino explotar su asimetría de poder hasta el colapso. El mensaje de Trump fue claro: el tiempo de las gestiones graduales y las normalizaciones condicionadas se acabó.
Ahora se habla en términos de plazos y de consecuencias. Al desmentir conversaciones, el régimen cubano intenta ganar tiempo y espacio de maniobra, pero lo único que consigue es confirmar que está acorralado, reaccionando a una agenda que ya no controla.
La mención a los «políticos de Miami» y a las víctimas de la Ley de Ajuste Cubano es el único destello de cálculo real en el comunicado. Es un intento de dividir a la diáspora y de presentar al gobierno estadounidense como traicionero incluso con sus propios aliados naturales. Sin embargo, es una jugada que llega tarde.
El núcleo duro de la política hacia Cuba ya no está en disputa entre demócratas y republicanos; se ha consolidado como un consenso bipartidista de máxima presión, y Rubio, lejos de ser un «político de Miami» marginal, es hoy el arquitecto operativo de esa política desde el corazón del poder.
Por tanto, este desmentido no es el preludio de una nueva fase de estabilidad hostil, sino el epitafio de una era. Al negar lo evidente —que Washington ha fijado a La Habana en el punto de mira de su política exterior más agresiva—, el régimen sólo logra evidenciar su impotencia.
Los días de Díaz-Canel, y del castrismo que lo sostiene como fachada, no están contados por un deseo abstracto, sino por una ecuación de poder donde todas las variables —económicas, geopolíticas y de presión interna— se han vuelto negativas.
El gobierno cubano puede desmentir a Trump, pero no puede desmentir la física política: cuando un imperio decide que tu tiempo se agotó, los comunicados oficiales solo sirven para registrar, con dignidad burocrática, los últimos instantes antes del derrumbe.