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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Roberto Morales Ojeda, ese nombre que desde hace un lustro susurra la nomenklatura cubana como el sucesor, encarna la paradoja perfecta del sistema: un médico de trayectoria gris, promovido por lealtad antes que por mérito, que ahora se entrena en el simulacro de la alta política.

Su perfil es el ideal para el castrismo tardío: discreto, obediente, sin carisma que eclipse a los dueños reales del poder y con el expediente suficiente —vicepresidente del Consejo de Estado, miembro del Buró Político— para simular una transición dentro de la continuidad.

Para 2028, la maquinaria partidista tiene previsto coronarlo, pasar la presidencia decorativa de Díaz-Canel a sus manos y presentarlo como la renovación “joven” de un proyecto exhausto. Es el sueño de todo burócrata llegado a la cúpula: sentarse, aunque sea nominalmente, en el sillón que diseñó Fidel Castro.

Recuerdo una tarde, hace unos años, en los corredores de un evento oficial en La Habana. El azar —o la desprevención de un grupo de colegas— me colocó cerca de él. En un momento de distensión, rodeado de sus incondicionales, Morales Ojeda soltó una frase que pretendía ser jocosa pero que delataba su ambición más íntima: “Bueno, uno estudia medicina para curar, pero si al final te toca presidir… hay que estar listo”.

La risa que le siguió fue complaciente, pero sus ojos, por un instante, no bromeaban. Ahí estaba la confesión: el sueño no era salvar vidas en un hospital derruido, sino alcanzar la cima del aparato. Su máxima aspiración, como no podía ser menos en este sistema perverso, era convertirse en el presidente de Cuba, el cargo que simboliza todo el poder y ninguna decisión última.

El sueño y la realidad

Pero su sueño choca con una realidad que se acelera fuera de los salones del Comité Central. Mientras él practica discursos y refina su pose de estadista mediocre, el horizonte político de la isla se define hoy en Washington y Miami.

La administración de Donald Trump, con Marco Rubio como arquitecto de la política hacia Cuba, ha dejado de lado la diplomacia de gestos. Su estrategia es de asfixia y ultimátum: no hay margen para diálogos decorativos, solo para rendición o colapso.

El reloj de la paciencia estadounidense, que parecía detenido durante años, hoy avanza con una velocidad que desconcierta a La Habana. Para Trump y Rubio, la sucesión dentro del castrismo no es un evento legítimo, sino la perpetuación de un régimen ilegítimo.

En este contexto, la aspiración de Morales Ojeda podría quedar en nada más que un episodio curioso de la historia. La pregunta que planea sobre su preparación es brutal: ¿de qué sirve entrenarse para gobernar un país que puede dejar de existir, tal como lo conocemos, antes de que tu turno llegue?

Washington no está jugando a forzar reformas; está jugando a cambiar el régimen. La presión económica, la activación de la Ley Helms-Burton y el cerco financiero buscan un desenlace rápido, no una transición ordenada dentro del Partido Comunista.

El sueño de Morales Ojeda presupone que Cuba en 2028 será la misma que hoy, solo que con su nombre en la presidencia. Es una apuesta cada día más ingenua.

El último candidato

La verdadera tragedia de este relevo anunciado no es personal, sino sistémica. El castrismo, en su fase geriátrica, solo es capaz de producir sucedáneos de líderes, hombres cuyo principal mérito es no representar una amenaza para el núcleo duro del poder.

Morales Ojeda es el producto final de esa lógica: un presidente en potencia que nunca gobernará, porque el poder real seguirá en manos de los generales y la familia Castro. Su presidencia sería el gesto más vacío de todos, la constatación de que incluso la fachada del gobierno se ha vuelto irrelevante.

Así, mientras Roberto Morales Ojeda ensaya su futuro discurso inaugural en salas vacías, el suelo tiembla bajo sus pies. Su sueño, meticulosamente cultivado en los invernaderos del partido, podría ser arrasado por una tormenta geopolítica que ya no distingue entre figuras decorativas y poder real.

Tal vez la historia lo recuerde no como el presidente número…, sino como el último candidato de un sistema que planificó su sucesión ignorando que, afuera, el mundo ya había decidido su sentencia.

Su gran aspiración puede terminar siendo solo eso: un sueño trunco, archivado junto a los planes quinquenales incumplidos y las promesas de una revolución que, para cuando le tocara el turno, ya habrá sido borrada del mapa por fuerzas que su lealtad partidista nunca supo calcular.

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