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A propósito de la fiesta del bautismo del Señor

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Por Padre Alberto Reyes ()

Evangelio: Mateo 3, 13-17

En la Biblia podemos encontrar muchos consejos prácticos que iluminan la vida, pero existen también
en ella lo que podríamos llamar “principios de vida”, declaraciones sobre la cuales podemos cimentar toda la existencia. Este es el caso del Evangelio de hoy.

Jesús acude al lugar donde Juan bautizaba: Betabara, situado a 400 metros bajo el nivel del mar y que,
junto al Mar Muerto, constituye el punto más bajo de la tierra.

Es aquí donde Jesús decide comenzar su vida pública: entre pecadores y en el abismo más profundo de
la tierra, porque quiere la salvación de todos, incluso de aquellos que han descendido tanto en el mal que
creen que no pueden ser rescatados.

Por eso le dice a Juan que lo bautice para cumplir toda “justicia”. ¿Qué es “lo justo” para Dios? Que
todos los hombres se salven (1Tim 2,4), que Cristo no se avergüence de “llamar hermanos a los pecadores” (Cfr. Heb 2, 11).

Y esta afirmación la refuerza el evangelista con tres signos.

Los cielos se rasgan. En los últimos siglos antes de Cristo, se había extendido la creencia en el pueblo
de Israel de que Dios, indignado por los pecados e infidelidades de su pueblo, había “cerrado el cielo”,
recluyéndose en su mundo y rompiendo todo diálogo con el ser humano. Con Cristo, los cielos se “rasgan”, se rompen de modo que es imposible que vuelvan a cerrarse. La casa del Padre permanecerá abierta siempre para todos sus hijos.

Desciende el Espíritu en forma de paloma. No como “fuego abrasador” para destruir a todo pecador y
malvado, no como castigo terrible, según la creencia del pueblo de Israel, sino como ternura, como afecto, como bondad.

Se oye una voz del cielo que dice: “Este es mi Hijo, el predilecto”, dirigida a Cristo, aquel en el cual
todos nos convertimos en “hijos del Padre”, aquel que hace que esa frase quede dirigida también a cada uno de nosotros.

¿Cuál es, pues, el “principio de vida” que se deprende de este Evangelio?

Que no hay situación de mal, de pecado, de lejanía de Dios, que quede excluida de la misericordia y del amor de Dios; que no existe situación humana que impida el abrazo y la acogida de Dios; que pase lo que pase en nuestra vida, Dios siempre estará ahí para recibirnos como a hijos.

A veces me encuentro con personas alejadas de la fe que sienten “vergüenza de regresar”, “vergüenza
de rezar”, bloqueados por un sentimiento de “indignidad”, incluso de “suciedad” interior, personas atrapadas por el dios con minúsculas que les ha vendido su mente.

Ojalá nuestra vida se mantenga siempre unida a Dios, ojalá nuestros actos no se aparten del bien, pero
pase lo que pase, que no olvidemos nunca que sobre nosotros hay un cielo abierto, un Espíritu de ternura y perdón, y un Dios que, en Cristo, nos tiende la mano y nos llama “hijo”.

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