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Por Oscar Durán
La Habana.- La noticia intenta vender la llegada del Ocean Mariner como un salvavidas energético cuando, en realidad, es apenas una curita mal puesta sobre una hemorragia abierta. Ochenta y seis mil barriles de combustible suenan a mucho en el titular, pero en la práctica no alcanzan ni para maquillar un día del desastre eléctrico que vive Cuba. Es el periodismo del “llegó algo”, ese que el régimen necesita para estirar la narrativa de resistencia mientras el país sigue apagado, sudado y sin horizonte.
El texto también confirma, aunque sin decirlo de frente, la absoluta dependencia externa de la isla. México aparece otra vez como benefactor circunstancial, Venezuela como proveedor menguante y Rusia como actor marginal. Lo que no aparece es una sola autocrítica del modelo que llevó a Cuba a este punto: termoeléctricas obsoletas, falta de inversión, corrupción estructural y una economía incapaz de generar divisas. Se habla de barcos, pero no de responsables.
Resulta casi cínico que se mencione la refinería Ñico López como destino del crudo, cuando todo cubano sabe que ese complejo es más símbolo de decadencia que de solución. Descargar combustible ahí no garantiza estabilidad alguna; garantiza, con suerte, unas horas menos de apagón en La Habana mientras el resto del país sigue condenado a velas, mosquitos y comida echada a perder. El centralismo energético también es una forma de represión silenciosa.
El texto roza el ridículo cuando introduce la retórica épica del Gobierno cubano, ese “estamos dispuestos a dar la vida”, como respuesta a una crisis que no es militar ni natural, sino política y administrativa. Nadie le ha pedido a los cubanos que mueran por la corriente o por un ataque gringo; lo que se exige es que puedan vivir con dignidad, algo que el régimen no ha sabido —ni querido— garantizar en más de seis décadas.
En el fondo, esta noticia no trata de un barco ni de barriles: trata de un país que sobrevive a base de parches y favores, siempre al borde del colapso y siempre prometiendo aguantar un poco más. El Ocean Mariner se irá, como se han ido otros, y Cuba seguirá en penumbras. El problema aquí no es la falta de petróleo, sino un sistema que hace años se quedó sin energía moral, política y económica.