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Irán en la encrucijada: ¿el fin de la teocracia de los ayatolás?

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Irán atraviesa una de las crisis políticas y sociales más graves desde la Revolución Islámica de 1979. El régimen teocrático encabezado por el ayatolá Ali Khamenei enfrenta una oleada de protestas nacionales que ya no responden únicamente al colapso económico, sino al rechazo profundo de un sistema religioso autoritario que ha gobernado el país durante más de cuatro décadas.

La inflación persistente, la brutal depreciación del rial, el desempleo juvenil y la escasez de productos básicos han empujado a millones de iraníes a las calles. Pero el estallido social ha evolucionado hacia una rebelión política y cultural que cuestiona directamente la legitimidad del poder clerical.

Las consignas ya no reclaman solo pan y salarios; exigen libertad, dignidad y el fin de la dictadura religiosa.

Las mujeres y los jóvenes encabezan un movimiento que rechaza el control moral impuesto por el Estado. El hiyab obligatorio se ha convertido en símbolo de una opresión más amplia, y su desafío público representa una ruptura histórica con la autoridad de los ayatolás.

Represión y detenciones

La respuesta del régimen ha sido la represión sistemática: detenciones masivas, uso de munición real, juicios sumarios, ejecuciones, torturas, censura total y apagones de internet. La Guardia Revolucionaria y las milicias Basij actúan como fuerza de ocupación interna, mientras Khamenei insiste en culpar a potencias extranjeras de una rebelión que es, en esencia, profundamente nacional.

Sin embargo, esta vez emergen señales preocupantes para el poder: fisuras dentro del aparato de seguridad. En algunos territorios se ha observado pasividad policial, renuencia a reprimir y gestos de simpatía hacia los manifestantes. La policía regular está compuesta por ciudadanos comunes, provenientes de las mismas comunidades que hoy protestan. Cuando un régimen comienza a perder la obediencia automática de sus fuerzas, entra en fase de desgaste terminal.

A este escenario se suma un aislamiento internacional creciente, sanciones severas, acusaciones sistemáticas de violaciones de derechos humanos y un enorme desgaste económico provocado por la política exterior agresiva del régimen y su apoyo militar a Rusia.

Irán ya no es el país de 1979. Más del sesenta por ciento de su población nació después de la Revolución Islámica. Es una sociedad joven, urbana, educada y conectada al mundo, que no siente lealtad hacia los ayatolás ni acepta su tutela moral ni su corrupción.

El régimen gobierna hoy solo por la fuerza. Ha perdido legitimidad, consenso y autoridad moral. Su supervivencia depende de una represión cada vez más costosa y sangrienta.

La caída no es inmediata, pero el proceso parece irreversible. Cuando el miedo cambia de bando, los regímenes autoritarios colapsan. Irán ha entrado en su hora decisiva.

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