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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Desde que la Administración Trump estacionó su flota en el sur del Caribe, como un recordatorio flotante de que la Doctrina Monroe no era un artículo de museo, el sistema digestivo de la nomenklatura cubana entró en un estado de emergencia permanente.
Los diagnósticos iniciales de «indigestión geopolítica» han evolucionado, tras el espectacular operativo en Caracas que extirpó a Maduro sin apenas ruido, hacia un cuadro clínico de diarrea psicogénica colectiva. No es metáfora: los retortijones en los despachos del poder en Playa son tan reales como el miedo que los produce, un miedo que corroe desde los intestinos.
La captura del aliado bolivariano actuó como un violento purgante. La imagen de Maduro siendo extraído de su guarida, mientras su costoso aparato militar se desvanecía como un azucarillo en agua, generó en Díaz-Canel, Marrero y la vieja guardia castrista un espasmo visceral de reconocimiento.
Comprendieron, en un instante de dolorosa lucidez, que los túneles de la retórica antiimperialista son huecos, y que los de cemento, en Cuba, escasean o están en el mismo estado ruinoso que el país. El episodio agudo se manifestó en los gritos estridentes del presidente unas horas después en la tribuna antimperialista, ante los «movilizados» —una curiosa definición para quienes deben su auto oficial a la lealtad—, gritos que no eran más que la traducción sonora de un cólico de pánico.
La sintomatología es grave y el pronóstico, reservado. El principal agente patógeno es la certeza de que Marco Rubio no dejará pasar la oportunidad histórica. Él y sus aliados no ven una cúpula geriátrica aferrada al poder, sino la cabeza de una serpiente cuya decapitación, creen con fervor evangélico y político, liberaría no solo a Cuba, sino enviaría una sacudida terminal a toda la región.
Saben, y esto es lo que quema la mucosa gástrica de los generales, que millones de cubanos dentro y, sobre todo, allende las fronteras, celebrarían con lágrimas de alivio que Washington ejecutase la cirugía mayor que ellos no han podido realizar.
La geografía, antes un escudo, se ha convertido en un factor de úlcera perforada. La proximidad a Miami es ahora una pesadilla logística. No hay donde esconderse en una isla vigilada por satélites, radares y la mirada de una diáspora que conoce cada callejón.
El plan de contingencia se reduce a un surrealista cálculo de opciones imposibles: ¿correr hacia una embajada aliada que ya no quiere líos? ¿Esconderse en una de las miles de casas venidas a menos que su gobierno ha creado? Cada posible escenario termina en el mismo desenlace bochornoso, y ese pensamiento acelera el tránsito intestinal hacia la incontinencia.
El cuadro se complica por un síndrome de malabsorción del poder real. El organismo del régimen ya no asimila la lealtad ciega. El pueblo, ese paciente cansado de ser el conejillo de indias de un experimento fallido, muestra los anticuerpos de la indiferencia y el resentimiento. Saben que en el momento decisivo, el «pueblo en armas» podría reducirse a la guardia pretoriana y a los dueños de los autos oficiales, un batallón demasiado exiguo para contener el hambre de justicia y de normalidad de once millones de personas.
Por tanto, la diarrea continua no es un efecto secundario, es el síntoma primario de un sistema en septicemia. Cada noticia de un endurecimiento de sanciones, cada ejercicio naval estadounidense, cada tweet de Rubio, actúa como un nuevo agente irritante. No pueden evacuar el miedo porque la fuente de la infección —su propia ilegitimidad y la amenaza exterior resuelta— es constante. La «alerta combativa» es, en el plano fisiológico de la cúpula, un permanente estado de defecación involuntaria.
El tratamiento que aplican —más movilizaciones forzadas, más discursos estridentes— es el equivalente a tomar un laxante para curar una salmonelosis: agrava la deshidratación y acelera el colapso. Sus gritos son los estertores de un tracto digestivo político intoxicado por seis décadas de omnipotencia y de repente enfrentado a la evidencia de su extrema fragilidad. Saben, en el silencio aterrorizado entre retortijón y retortijón, que correrán el mismo final que Maduro, o uno peor, porque la historia es menos piadosa con los tiranos familiares que con los importados.
El brote en Playa, por tanto, es incurable. Es la reacción física final de un organismo que ha consumido su propio veneno durante demasiado tiempo y que ahora, ante la perspectiva de la cirugía radical, disuelve sus entrañas en puro terror. La cabeza de la serpiente puede silbar todo lo que quiera, pero sus vísceras ya han capitulado. Solo queda esperar la intervención quirúrgica, mientras el olor a miedo y descomposición internal se hace tan penetrante que traspasa los muros de la fortaleza.