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Por Loida Cerce

Guantánamo.- Miguel Díaz-Canel vuelve a hacer lo único que sabe hacer bien: reunirse, hablar mucho y no resolver nada. Esta vez fue en Guantánamo, encabezando un Pleno Extraordinario del Partido Comunista, otra de esas ceremonias donde se simula análisis profundo, se repiten consignas recicladas y se promete un “cambio de mentalidad” que lleva más de seis décadas anunciado. El problema es que mientras ellos siguen reunidos, el país sigue hundido, y Guantánamo —como casi toda Cuba— no necesita más Plenos, sino comida, electricidad y un poco de dignidad.

Hablan de trabas, de burocracia, de falta de vínculo con la base, como si todo eso hubiera aparecido ayer y no fuera el resultado directo del propio sistema que defienden. Resulta hasta ofensivo escuchar a Díaz-Canel decir que “no siempre se escucha al pueblo”, cuando el Partido único se ha dedicado históricamente a silenciar cualquier voz que no repita el guion oficial. Ahora descubren, con cara seria, que hay que dialogar “cara a cara” y con “franqueza”, después de décadas de miedo, represión y simulación.

El cinismo alcanza niveles olímpicos cuando el presidente afirma que el Partido Comunista, precisamente por ser único, “tiene que ser el más democrático”. Esa frase no resiste ni cinco segundos de análisis. Un partido único no dialoga, ordena; no debate, impone; no escucha, vigila. En Cuba, la democracia del Partido se limita a discutir entre ellos mismos lo que ya viene decidido desde arriba, mientras el pueblo queda reducido a espectador pasivo de su propia desgracia.

No hay soluciones

También se vuelve a vender la vieja mercancía de la autonomía municipal, las facultades locales y las “buenas experiencias” que supuestamente existen y deben multiplicarse. La pregunta es simple: ¿con qué recursos? ¿Con qué combustible? ¿Con qué dinero? ¿Con qué libertad real para decidir? No hay municipio que se desarrolle si todo depende de un Estado quebrado y de un Partido que controla hasta el último tornillo. Hablar de producción de alimentos, energía renovable y exportaciones en un país paralizado es, como mínimo, un ejercicio de ficción política.

Estos plenos extraordinarios no buscan soluciones, buscan oxígeno político. Son una puesta en escena para aparentar control, planificación y sensibilidad, mientras la realidad va por otro lado. El pueblo no necesita más reuniones del Partido; necesita que dejen de gobernar. Porque después de cada pleno, de cada discurso y de cada llamado a la “insatisfacción revolucionaria”, Cuba amanece igual: más pobre, más cansada y más lejos de cualquier futuro que valga la pena.

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