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La transición medida en Washington: el poder real del chavismo en la mira

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Por Joaquín Santander ()

Caracas.- La captura de Nicolás Maduro no ha sido el fin de la partida, sino la apertura de un tablero infinitamente más complejo. Washington, con la frialdad de un cirujano que ha extirpado un tumor primario, ajusta ahora el foco sobre las metástasis que garantizaban la vitalidad del régimen: las redes de poder real y coercitivo que operaban en la sombra y que hoy son la única barrera entre un colapso total y una transición controlada.

La administración Trump, lejos de celebrar, se enfrenta al verdadero desafío: desmantelar un estado profundo criminal sin que el país estalle en el proceso.

En el centro de la diana está Diosdado Cabello, el verdadero zar de la seguridad y el hilo conductor de las fuerzas represivas. Washington no se hace ilusiones: su cooperación es un mal necesario, un pacto temporal con el diablo para evitar un baño de sangre durante el interinato.

Las advertencias transmitidas a través de canales opacos son un ultimátum en toda regla. No se negocia con él; se le instruye. Se le ofrece una salida dorada hacia el exilio, comprendiendo que su valor inmediato como garante del orden tiene fecha de caducidad. Su permanencia a largo plazo sería la consagración de la impunidad y la semilla de un nuevo autoritarismo.

El otro pilar es Vladimir Padrino López, un hombre con precio multimillonario sobre su cabeza. Su neutralización no es prioritaria si se pliega a las nuevas reglas. El Pentágono y la CIA operan bajo una lógica implacable: un vacío de mando en la Fuerza Armada es un riesgo estratégico inasumible. Padrino López es, por ahora, un mal menor administrativo. Se le tolera para que contenga a las facciones militares leales a Maduro y a los colectivos armados, mientras se tejen desde dentro las alianzas para su eventual reemplazo por mandos más afines a los nuevos intereses hegemónicos.

El pragmatismo de Washington

En este cálculo, la oposición democrática encabezada por María Corina Machado es considerada un actor bienintencionado pero intrascendente. Washington la descarta sin miramientos para la fase de estabilización crítica. La visión desde la Casa Blanca es pragmática hasta el cinismo: los ideales democráticos son un lujo para tiempos de paz. Lo que se requiere ahora es eficacia bruta, control territorial y la capacidad de imponer el orden. Algo que, en su lógica, solo pueden garantizar fragmentos del antiguo aparato, debidamente amenazados y supervisados.

El objetivo final trasciende lo político. Es una recalibración geoeconómica de raíz: la reapertura del gigante petrolero venezolano a las corporaciones estadounidenses, el desmantelamiento del cartel de los soles que operaba como brazo narcotraficante del estado, la expulsión de la injerencia cubana e iraní y el rediseño de las alianzas estratégicas. Cada amenaza a Cabello, cada concesión a Padrino, es una jugada para alcanzar esos fines. La democracia es, en el mejor de los casos, un subproducto deseable de esa operación; nunca su motor principal.

Así, la transición venezolana se gesta sin soldados en las calles, pero con una ocupación financiera, diplomática y de inteligencia total. Washington decide quién permanece en la mesa y quién es descartado, qué instituciones se desmantelan y cuáles se reciclan. Es un juego de ajedrez donde las piezas son hombres poderosos, acorralados entre la justicia norteamericana y la lealtad a un régimen caído. La partida no es por la libertad de Venezuela, sino por el control de sus ruinas y la reconfiguración de su futuro en un sentido que sirva, ante todo, al poder y al capital que ahora dictan los términos desde la sombra.

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