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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- El régimen de La Habana ha sobrevivido durante más de seis décadas gracias a una combinación de represión interna, control del relato y, sobre todo, a la existencia de aliados externos que le han permitido posponer su colapso.

Venezuela fue, durante años, la carta más importante de ese juego. Sin embargo, con la salida de Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores, esa carta comienza a desvanecerse, dejando al castrismo en una posición inédita de vulnerabilidad.

La política de represión y miedo que sostuvo al chavismo, y que fue exportada y asesorada desde Cuba, pierde efectividad cuando desaparece el poder central que la financia y legitima. La entrada en escena de Delsy Rodríguez no altera el objetivo estratégico: la transición venezolana parece inevitable y, con ella, el fin del subsidio político, económico y de inteligencia que mantuvo a flote al régimen cubano durante años. Para La Habana, este escenario significa quedar, literalmente, “agarrada de la brocha”.

Ante esta realidad, al castrismo solo le quedan dos caminos. El primero es aceptar, aunque sea de forma cosmética, los cambios hacia la derecha que se están consolidando en el hemisferio y adaptarse a ellos. El segundo es resistirse, aferrarse al inmovilismo y acelerar su propio final. La historia reciente demuestra que los regímenes autoritarios rara vez caen por una sola causa; caen cuando se quedan sin margen de maniobra.

Cuidado con el cambio fraude

No sería extraño que sectores afines al poder intenten montar una puesta en escena: una falsa transición, una democracia controlada, un “castrismo mediatizado” diseñado para tranquilizar a la comunidad internacional. Cuba tiene una oposición fragmentada, con tantos desafectos como afectos, lo que facilita la cooptación y el reciclaje de figuras oportunistas dispuestas a legitimar el simulacro.

El precedente existe. Cuando Barack Obama intentó normalizar relaciones con Cuba, aparecieron aliados del régimen donde antes no los había: exalcaldes, antiguos jefes de gabinete, empresarios reciclados y opositores internos que se prestaron al circo de una apertura sin reformas reales. Aquello demostró que, si Raúl Castro decidiera hoy impulsar un modelo híbrido, no le faltarían cómplices.

Pero el tiempo juega en contra. Sin Venezuela, sin el paraguas de un aliado estratégico y con una población agotada, el castrismo ya no controla todas las variables. Si opta por no cambiar, el estallido social deja de ser una hipótesis para convertirse en una consecuencia lógica. Y llegado ese punto, no habrá propaganda ni represión suficiente: al régimen no le quedará más remedio que colgar los guantes y aceptar que su ciclo histórico ha terminado.

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