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Por Yeison Derulo
La Habana.- La confirmación de Donald Trump sobre la muerte de varios cubanos dentro de la guardia personal de Nicolás Maduro no es un detalle menor ni una frase lanzada al azar para adornar un discurso. Es un misil político directo a La Habana. Por primera vez, un presidente estadounidense pone nombre y origen a lo que durante años se manejó como rumor: la exportación de cuadros cubanos para sostener, con armas en la mano, a una dictadura extranjera. Ya no se habla de “asesores”, ni de “cooperantes”. Se habla de muertos. Y eso cambia el tablero.
Lo ocurrido deja en evidencia hasta qué punto el régimen cubano está metido en el tuétano del poder venezolano. No eran soldados venezolanos los que rodeaban a Maduro, eran cubanos. Tipos que no estaban defendiendo su patria, sino el trono de otro dictador, en una operación que no tenía nada de simbólica. La pregunta incómoda es inevitable: ¿quién los mandó allí y bajo qué bandera murieron? Porque ni la cubana ni la venezolana parecen responder ya por ellos.
Para el castrismo, el silencio es la única salida. No pueden admitir públicamente que enviaron hombres a morir protegiendo a Maduro, pero tampoco pueden desmentir a Trump sin quedar como mentirosos seriales. Así que harán lo de siempre: mutis por el foro, cero nombres, cero homenajes, cero explicaciones a las familias. Esos cubanos, si existieron —y todo apunta a que sí— pasarán a la larga lista de desechables que el sistema tritura y olvida, como mismo hicieron con los médicos Landy y Axael, los ejemplos más recientes.
Este episodio también manda un mensaje claro a la región: la alianza Habana-Caracas no es ideológica, es militar y operativa. Y cuando esa estructura se ve atacada, los primeros en caer no son los jerarcas, sino los peones importados. Trump lo dijo sin rodeos y con crudeza. Ahora le toca al régimen cubano explicar —si es que se atreve— por qué sigue mandando a sus hijos a morir por dictadores ajenos, mientras en la isla la gente se muere, pero de hambre y abandono.