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La contradicción moral de rechazar la única salida real

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Por Oscar Durán

La Habana.- No entiendo a los cubanos, y no lo digo desde la soberbia, sino desde el hastío. Gente que se pasa la vida denunciando dictaduras, hablando de presos políticos, de represión, de hambre y de miseria, y de pronto se rasgan las vestiduras cuando se menciona una intervención militar. Ahí sí aparecen la moral, el derecho internacional y la pose de ofendidos. Como si las dictaduras cayeran con velas, canciones y cartas a la ONU.

Lo de Venezuela es un ejemplo de manual. A Maduro se le ofrecieron todas las salidas posibles: elecciones, negociaciones, acuerdos, mesas de diálogo, presión diplomática, sanciones graduales. Se le habló bonito y se le habló feo. ¿Y qué hizo? Atornillarse más al poder, reprimir más, robar más y encarcelar más. ¿Por qué de eso no hablan los cubanos indignados? ¿Por qué omiten que la vía pacífica fue agotada hasta el cansancio?

Entonces aparece Donald Trump, con su estilo tosco y sin poesía, y plantea una intervención, y ahí sí se activa el trauma colectivo. El cubano promedio, víctima de una dictadura de más de 65 años, sale a defender la “no injerencia” como si Maduro fuera un presidente legítimo y no un dictador sostenido por balas, cárceles y fraude. Es un contrasentido tan grande que roza lo patológico.

El daño antropológico de una sociedad

Eso tiene un nombre, aunque a muchos no les guste escucharlo: daño antropológico. Décadas de adoctrinamiento, miedo y doble moral han dejado a la sociedad cubana incapacitada para entender cómo, históricamente, han caído la mayoría de las dictaduras. No se van porque el pueblo se porte bien. No se van porque alguien les pida el favor. Se van cuando el poder que los sostiene es quebrado, casi siempre por la fuerza.

Y no, esto no va de romantizar la guerra ni de desear muerte. Va de ser honestos. Una dictadura no se cae con hashtags ni con comunicados. Cuba es la prueba viviente. Por eso sorprende tan poco, y a la vez indigna tanto, ver a cubanos repudiando una posible intervención mientras siguen atrapados en la misma cárcel mental que los ha tenido paralizados por generaciones. Ese daño no se cura rápido. Quizás no se cure ni en 67 años más.

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