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Por Max Astudillo
La Habana.- Anna Sofía Benítez Silvente se ha convertido, sin proponérselo y sin aspavientos, en una piedra en el zapato de la Seguridad del Estado. No milita en partidos, no convoca marchas, no grita consignas clásicas. Su “delito” es otro, más peligroso para una dictadura: hablar claro, mostrar respaldo popular y no esconder la fe ni la dignidad. Eso, en Cuba, incomoda más que cualquier pancarta.
Según dejó claro en un texto publicado en Facebook, Anna Sofía está siendo sometida a la presión de siempre, la más cobarde y efectiva: la presión económica. No la citación directa, no el arresto inmediato, sino el chantaje. Callarse y conservar su única fuente de ingreso, o seguir hablando y exponerse a perderlo todo. Así funciona el manual represivo del régimen: no te encarcelan primero, te asfixian despacio.
El dilema que le plantean es tan viejo como la dictadura misma: la verdad o el dinero. En Cuba, ambos conceptos son incompatibles. Decir lo que se piensa tiene un precio, y casi siempre se paga con hambre, con vigilancia, con miedo. La Seguridad del Estado no necesita pruebas cuando puede fabricar silencios. Por eso provoca, tensa la cuerda y espera el error mínimo para justificar el golpe.
Aun así, Anna Sofía deja claro que no va a retroceder. Sabe que hay quienes esperan un desliz, una frase mal dicha, un segundo de más frente a la cámara. Los conoce. Son parte del mismo engranaje: los represores con carné y los represores con teclado. Frente a eso, decide seguir hablando, midiendo cada palabra, pero sin apagarse.
Su mensaje final no es político, es humano. Se aferra a la fe como otros se aferran al exilio o al silencio. “No me van a callar”, dice, y en esa frase hay más información que en cualquier parte oficial.
Cuando una joven, sin poder ni respaldo institucional, provoca semejante nerviosismo en la maquinaria represiva, lo que queda claro es que el problema nunca fue ella. El problema es un sistema que le teme a una voz libre hablando desde su casa.