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Por Carlos Carballido

Dallas.- Cuando una figura mediática en el exilio confiesa que fue feliz en Cuba, no solo genera polémica: también evidencia una profunda confusión psicológica respecto a una categoría tan abstracta y compleja como la felicidad.

Pero cuando esa definición contradice frontalmente las razones que esa misma persona esgrimió ante las autoridades migratorias estadounidenses —alegando que escapaba de Cuba—, entonces dejamos el terreno de la libre expresión para entrar en el del oportunismo político.

El dilema se ha viralizado tras declaraciones del humorista Gustavito, a las que se ha sumado la actriz Susana Pérez, y no tardan en aparecer muchos más defendiendo esa postura.

Creo que no mienten del todo. Como figuras mediáticas y televisivas en Cuba, gozaron de privilegios que jamás tuvo la mayoría de los cubanos de a pie.

Todos ellos viajaban y se movían en circuitos de área dólar, donde podían no solo recibir buenos pagos, sino también disfrutar de las bondades del “capitalismo antillano”: hoteles, piscinas, cabarets y centros nocturnos.

Otros, como Susana Pérez, filmaban películas en España, permaneciendo el tiempo suficiente como para recopilar la pacotilla necesaria y subsistir durante meses en la deteriorada isla caribeña.

¿Así, quién cojones duda de que fueran “felices”?

El problema surge cuando te ves obligado a emigrar porque, sencillamente, esa fuente de supuesta felicidad se acaba, ya sea por obra y gracia de la tiranía o porque el almanaque empieza a pasarte factura en medios tan competitivos y despiadados como la televisión o el cine.

Esta tendencia encierra otra gran trampa: la confusión entre la supuesta felicidad y un sentimiento mucho más poderoso y duradero en el tiempo: la nostalgia.

Investigaciones en psicología de la migración (publicadas en PubMed Central y el Journal of Personality and Social Psychology) indican que, en contextos de exilio, la nostalgia actúa como un mecanismo defensivo frente al trauma y la frustración presentes. Evoca gratitud y afecto positivo retrospectivo, incluso cuando la realidad pasada estuvo marcada por una infelicidad estructural.

La nostalgia suele aumentar el bienestar hedónico de forma temporal (optimismo, sensación de conexión social), pero no equivale a haber sido feliz de manera sostenida. Estudios con alta validez sociológica muestran que la nostalgia espontánea es más ambivalente y amarga que la inducida experimentalmente, algo que encaja con muchos exiliados cubanos: se recuerda lo bueno (la carrera, el reconocimiento, la familia), mientras se ignora lo que obligó a partir.

Para los cubanos que llegaron a Estados Unidos y lograron reinsertarse, la nostalgia suele describirse como un mecanismo para procesar pérdidas simbólicas: pasar de ser reconocidos por toda una nación a volverse invisibles en un supermercado de Miami o Broward.

Emigrar definitivamente a otro país, con idioma, cultura e idiosincrasia diferentes, no se hace por una acumulación de felicidad. Se hace por una motivación mucho más seria y estructural que esos momentos felices —reales o no— que todos los emigrados llevamos, de una forma u otra, en una maleta.

La libertad de expresión protege el derecho a emitir opiniones —incluidas las de Gustavito o Susana Pérez sobre haber sido felices en Cuba—, pero no otorga inmunidad frente a la crítica. Criticar una opinión es, a su vez, otro ejercicio legítimo de la libertad de expresión en aquellos que vivian en total y perenne infelicidad impuesta por el castrocomunismo.

Aquí es donde el debate se debilita. Si realmente fueron felices en Cuba, no había necesidad de emigrar, a menos que hayan hecho mal las cuentas. Se infiere que el bienestar material y vital sostiene esa supuesta felicidad, y si hoy no se es más feliz aquí, entonces esas cuentas estuvieron muy mal estructuradas desde el inicio.

El subconsciente siempre traiciona. Generalizar una categoría abstracta es, casi siempre, un desaguisado, sobre todo cuando se es una figura mediática aunque sea en los streaming de poca monta o los cabaretuchos del sur de la Florida.

Más aún cuando se confunde la felicidad con nostalgia o resentimiento. Y peor todavía cuando la mayoría de los exiliados que rodean a estos personajes vivieron muchos más infiernos que paraísos en esa mierda de tiranía.

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