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Por Jorge Sotero
La Habana.- Roberto Caballero Grande pasó de pontificar en la televisión cubana sobre papa y arroz a intentar apagar el incendio desde su muro de Facebook. El problema no es que ahora “aclare”, sino que lo haga después de haber lanzado un disparate en un país donde hablar de comida no es un ejercicio académico, sino una cuestión de supervivencia. Cuando la gente no tiene qué echarle al caldero, cualquier teoría nutricional dicha desde un set climatizado suena a burla.
En su justificación, Caballero apela al derecho a opinar, ese mismo derecho que en Cuba casi nunca existe para el ciudadano común. Dice que no pertenece al Ministerio de Agricultura desde hace más de 20 años, como si eso lo absolviera de responsabilidad pública. Pero cuando alguien habla en la televisión nacional, no lo hace a título personal: habla desde un privilegio y con una plataforma que millones no tienen. Y en ese contexto, las palabras pesan, y pesan mucho.
Intentar matizar ahora que “nunca dijo que había que quitarle el arroz y la papa al pueblo” es un ejercicio de gimnasia retórica. El mensaje original fue claro en su desconexión con la realidad: sugerir cambios dietéticos en un país donde la gente no elige qué comer, sino qué aparece. Aquí no hay desequilibrios nutricionales por exceso, hay hambre por escasez. No es un problema de cultura alimentaria, es un problema de platos vacíos.
También resulta llamativo que reconozca la falta crónica de insumos y, aun así, insista en recetas que el propio sistema ha sido incapaz de implementar durante décadas. Habla de priorizar cultivos “más adaptados”, como si eso fuera una revelación y no una muela reciclada que el poder repite desde hace años. Mientras tanto, el arroz sigue faltando, la papa es un recuerdo y las “alternativas” nunca llegan en cantidades que resuelvan algo.
Al final, Caballero intenta colocarse en el lugar del incomprendido, del técnico honesto que solo quiere que Cuba produzca lo que consume. El problema es que ese discurso ya no conmueve. Demasiados expertos han pasado por la televisión diciendo exactamente lo mismo, mientras el país se hunde en escasez e inflación.
En Cuba, el problema no es que falten ideas: es que sobran discursos desconectados de una realidad que no perdona ni justificaciones tardías.
La solución, de inmediato, es arrancarse de aquí para tener una adecuada alimentación. Su hija -la de Roberto- fue la primera en entenderlo.