Enter your email address below and subscribe to our newsletter

El costo humano del dengue y la chikunguña en Cuba

Comparte esta noticia

Por Oscar Durán

La Habana.- El parte del Ministerio de Salud Pública vuelve a llegar envuelto en ese tono triunfalista que ya resulta ofensivo para un país enfermo. Más de «50 mil casos» -según ellos- de chikunguña desde julio no describen una “evolución favorable”, describen un colapso sanitario sostenido en el tiempo. Hablar de descensos semanales como si se tratara de estadísticas deportivas, mientras se arrastra una epidemia activa, es una burla a la inteligencia y, peor aún, al dolor de miles de familias que han padecido la enfermedad en condiciones precarias.

La narrativa oficial insiste en maquillar la realidad con porcentajes y tasas de incidencia, pero evita cuidadosamente detenerse en las causas. No se explica cómo un brote detectado en julio se dejó crecer sin control hasta septiembre y octubre, ni por qué el reconocimiento oficial de la epidemia llegó tan tarde, cuando el daño ya estaba hecho. El Gobierno volvió a actuar como siempre: negando primero, minimizando después y aceptando la tragedia solo cuando ya no pudo esconderla.

Resulta especialmente grave el manejo del tema de las muertes. Se habla de 55 fallecidos -total mentira- hasta el momento, como si se tratara de un saldo inevitable, casi natural. Se mencionan 41 pacientes graves y críticos —en su mayoría menores de edad— sin que eso provoque una mínima autocrítica pública. No hay responsables, no hay explicaciones, no hay disculpas. Solo cifras lanzadas al aire desde un estudio de televisión, lejos de los hospitales sin recursos y de los barrios infestados de mosquitos.

El cinismo alcanza otro nivel cuando se recuerda que, semanas antes de admitir la epidemia, el propio Gobierno solicitó ayuda internacional bajo el pretexto de un huracán, incluyendo grandes cantidades de productos químicos para combatir al mosquito. Sabían lo que estaba pasando. Tenían los datos. Y aun así, optaron por el silencio, una práctica criminal cuando se trata de salud pública. Cada día de retraso tuvo un costo humano que hoy nadie quiere asumir.

Esta epidemia no es un accidente ni una fatalidad climática: es el resultado directo de una crisis económica profunda, de la falta de higiene urbana, de la escasez de agua, de la ausencia de medicamentos y de un sistema de salud sostenido más por consignas que por recursos reales.

Cuba no enfrenta solo al dengue y la chikunguña; enfrenta el desgaste de un modelo incapaz de proteger a su gente. Y mientras el poder celebra “disminuciones sostenidas”, el país sigue enfermo, cansado y, sobre todo, abandonado.

Deja un comentario