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Por Luis Alberto Ramírez

Miami.- En Cuba, el colapso no es un accidente: es un método. Mientras la educación se deteriora, la salud agoniza, la agricultura no produce y los servicios básicos se hunden, un solo sector continúa recibiendo inversiones millonarias, protección política y control absoluto: el turismo. En el centro de esta estrategia se encuentran GAESA y su buque insignia hotelero, Gaviota S.A.

Lo que comenzó como una operadora discreta, con poco más de un centenar de habitaciones, terminó convirtiéndose en el mayor grupo hotelero del país: 121 hoteles, 20 marinas, empresas de transporte, agencias de viajes, logística y un dominio casi total del sector turístico. Todo esto, mientras el resto de la economía y del tejido social se desmorona.

No es una contradicción: es una prioridad política

La expansión hotelera contrasta con hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, campos improductivos y ciudades sin agua ni electricidad. La lógica es clara: lo que no genera divisas inmediatas se abandona. Educación, salud, agricultura y transporte público no “venden” en el mercado internacional; el turismo sí. Así, el país se reconfigura para servir a visitantes, no a ciudadanos.

Esta experiencia no es nueva ni excepcional. Es endémica del modelo cubano. Cada vez que el poder se empecina con un sector “estratégico”, los demás quedan relegados. Ocurrió con Zafra de los Diez Millones, cuando todo el país se volcó a la caña y el resultado fue un fracaso monumental. Ocurrió con la aventura electronuclear de Juraguá, con la ganadería “revolucionada”, con el café caturra, las cortinas rompevientos, el plan porcino, las ocho vías… la lista es larga y repetitiva.

Detrás de muchas de esas obsesiones estuvo Fidel Castro, imponiendo caprichos personales como políticas de Estado.

La pregunta es inevitable: ¿cómo pretende Cuba competir en el Caribe en las condiciones actuales? Sin infraestructura básica, sin servicios confiables, sin alimentos, sin energía estable. En un entorno regional donde destinos como México o República Dominicana ofrecen calidad, variedad y estabilidad, la Isla parte con una desventaja estructural insalvable.

No es que Cuba no sea bella; lo es. El problema es que no cumple los requisitos mínimos del turismo internacional contemporáneo. Hoteles de lujo rodeados de apagones, escasez y deterioro urbano no venden una experiencia competitiva.

Por eso, el perfil del visitante ha cambiado. A Cuba ya no llegan mayoritariamente turistas exigentes, sino lo que muchos llaman los “arqueólogos del turismo”: curiosos que vienen a ver autos antiguos, edificios en ruinas cubiertos de vegetación, vestigios de un pasado congelado. También llegan nostálgicos del socialismo, cubanos emigrados y turistas de bajo presupuesto. No es un turismo sostenible ni dinamizador; es un turismo de supervivencia.

La apuesta ciega por el turismo, concentrada en manos militares y sostenida a costa del abandono nacional, no solo reproduce viejos errores: los amplifica. GAESA y Gaviota S.A. crecen, sí, pero lo hacen sobre un país que se vacía, se empobrece y se apaga. Como antes con la caña, la energía o la ganadería, el resultado es previsible. No es desarrollo: es otro fracaso anunciado, esta vez con vistas al mar.

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