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Por Datos Históricos
La Habana.- Freeman Dyson nació el 15 de diciembre de 1923 en Inglaterra, en una casa donde la música, los libros y las ideas eran parte de la vida cotidiana. Su padre era músico y amaba la ciencia. Su madre era abogada. Y el niño creció rodeado de estanterías llenas de enciclopedias, hojas sueltas cubiertas de números y preguntas que parecían demasiado grandes para su edad.
A los cuatro años intentó calcular cuántos átomos tenía el Sol. No lo hizo por utilidad. Lo hizo por fascinación.
Décadas después recordaría: “La ciencia era apasionante porque estaba llena de números que podía calcular”.
A los dieciocho años ingresó en el Trinity College de Cambridge para estudiar matemáticas. Dos años después, en plena Segunda Guerra Mundial, fue reclutado para trabajar en la investigación de la Real Fuerza Aérea británica. Cuando la guerra terminó, regresó a Cambridge y se graduó. Entonces ocurrió algo decisivo.
Dos de sus profesores escribieron cartas de recomendación para enviarlo a Estados Unidos. Uno escribió, con humor seco, que Dyson “no era completamente estúpido”. El otro afirmó que, a sus 23 años, “era el mejor matemático de Gran Bretaña”.
En 1947, Dyson llegó a la Universidad de Cornell. Allí conoció a Richard Feynman. Y allí comenzó uno de los encuentros intelectuales más importantes del siglo XX.
La física de entonces tenía un problema serio: sus ecuaciones producían infinitos. Resultados imposibles. Algo fallaba en la forma de describir cómo interactúan las partículas cargadas con la luz y el campo electromagnético.
Feynman tenía intuiciones brillantes, visuales, casi artísticas. Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga tenían formulaciones extremadamente rigurosas. Pero nadie había logrado unir ambos mundos.
Dyson lo hizo.
No inventó una nueva teoría. Construyó un puente entre lenguajes.
Tomó las ideas de Feynman y las tradujo al lenguaje matemático que el resto de la comunidad científica podía usar, comprobar y expandir. Formalizó lo que hoy conocemos como los diagramas de Feynman y los convirtió en una herramienta física real, no solo en un truco conceptual.
Él mismo lo explicó así: “No he inventado nada nuevo. He traducido las ideas de Feynman a las matemáticas de tal manera que el mundo pueda entenderlas”.
Gracias a ese trabajo, la electrodinámica cuántica se convirtió en una de las teorías más precisas jamás construidas por el ser humano. Una teoría que describe cómo la luz y la materia se relacionan, y cuyas predicciones han sido confirmadas con una exactitud asombrosa.
El Premio Nobel de 1965 fue otorgado a Feynman, Schwinger y Tomonaga. Dyson no lo recibió. Recibió en cambio el Premio Wolf en 1981, uno de los mayores reconocimientos científicos del mundo.
Robert Oppenheimer, director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, comprendió inmediatamente quién era Dyson. Lo nombró miembro vitalicio del instituto, el mismo que había albergado a Einstein y von Neumann. Dyson permanecería allí el resto de su carrera.
Pero lo más notable de Dyson no fue solo su genialidad matemática. Fue su manera de pensar la ciencia como una actividad humana.
Escribió sobre física, biología, tecnología, ética, guerra, paz y futuro. Se negó a encerrarse en una sola disciplina. Creía que la ciencia debía servir para comprender mejor el mundo y para vivir mejor dentro de él.
En una entrevista, ya anciano, dijo con una sonrisa: “Tengo 88 años y sigo vivo. Sin la ciencia, habría sido menos probable que ocurriera”.
Freeman Dyson no fue solo un gran físico.
Fue un traductor entre mentes. Un constructor de puentes entre ideas. Un recordatorio de que la ciencia no es solo cálculo, sino también curiosidad, humildad y asombro.
Y que, a veces, entender el universo empieza con un niño que se pregunta cuántos átomos tiene el Sol.