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Por Nelson de la Rosa
Santo Domingo.- El episodio protagonizado por Magnus Carlsen tras una derrota —un gesto brusco que terminó con una cámara fuera de su lugar— frente al gran maestro ruso Vladislav Artemiev, en la séptima ronda del Campeonato Mundial de partidas rápidas en Doha, Qatar, no es grave desde el punto de vista disciplinario. Sin embargo, sí es importante por lo que representa.
Más allá del gesto puntual, el hecho deja al descubierto un problema más amplio del ajedrez actual: cómo equilibrar el espectáculo, las condiciones de juego y la presión emocional que enfrentan los jugadores. No se trata solo de un momento de enojo. Es una señal de algo que viene creciendo.
En los últimos años, el ajedrez ha cambiado mucho. Para llegar a más personas, se han sumado transmisiones en vivo, cámaras por todos lados, primeros planos constantes y formatos rápidos pensados para el consumo inmediato. El objetivo es claro y comprensible: hacer el ajedrez más visible y atractivo.
El problema aparece cuando ese afán por mostrarlo todo empieza a afectar a quienes juegan. Cámaras muy cerca del tablero, movimientos constantes alrededor del jugador y lentes apuntando directamente al rostro pueden pasar desapercibidos para el espectador, pero no para quien está pensando bajo una enorme presión. Que un torneo sea público no significa que no haya límites.
Durante décadas, el ajedrez cuidó aspectos básicos como el silencio, la distancia y la estabilidad del entorno. No por tradición, sino porque son condiciones necesarias para pensar bien. En el alto nivel, una mínima distracción puede cambiar una partida. Por eso, hablar de condiciones adecuadas de juego no es exagerado. Incluye:
1-dónde se colocan las cámaras
2- cuán cerca están del jugador
3- cuántos movimientos hay a su alrededor
4- y si se respeta su espacio visual
Profesionalizar el ajedrez no es solo mejorar las transmisiones, sino también garantizar un entorno acorde al esfuerzo mental que exige el juego.
Durante años, Magnus Carlsen fue visto como un jugador casi imperturbable, con un control emocional fuera de lo común. Justamente por eso, cualquier reacción fuera de ese perfil genera tanto impacto.
Pero el episodio recuerda algo básico: ser el mejor no significa dejar de ser humano. La presión, la frustración por cometer errores y la autoexigencia extrema no desaparecen con los títulos ni con la experiencia.
Reducir lo ocurrido a un simple “mal carácter” o a un “capricho de estrella” es una forma demasiado simple de leer una situación más compleja.
Aceptar que la reacción fue inapropiada no implica convertir a Carlsen en un villano, sino entenderla como un fallo puntual en un contexto de alta tensión.
Si toda la atención se pone solo en el gesto de Carlsen, se pierde de vista lo principal. El episodio plantea preguntas importantes para el ajedrez moderno: ¿Hasta dónde debe llegar la exposición mediática? ¿Cuánto control tienen los jugadores sobre su entorno? ¿Cómo se equilibra el espectáculo con el respeto al juego?
Pensar en estas cuestiones no elimina la responsabilidad individual, pero evita que un hecho aislado se convierta en una condena simplista.
Lo ocurrido no define la carrera de Magnus Carlsen ni cambia su legado. Más bien funciona como una advertencia. Incluso en el nivel más alto, la presión emocional tiene límites, sobre todo cuando el entorno deja de acompañar.
El crecimiento del ajedrez necesita cámaras, audiencias y nuevas narrativas. Pero también necesita recordar algo esencial: frente al tablero, siempre hay una mente humana al límite. Mantener ese equilibrio será clave para que el espectáculo no termine dañando aquello que intenta mostrar.