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Por Luis Alberto Ramírez
Miami.- Ahora resulta que la papa y el arroz no son clásicos de la comida cubana. Decir algo así en plena televisión nacional es, más o menos, como afirmar que los chivos no comen yerba o que el único león del zoológico de La Habana es herbívoro. Cualquier cubano, viva en Cuba, China, Miami o Vietnam, come arroz. Quitarle el arroz al cubano es como quitarles la leche a los niños… aunque, dicho sea de paso, eso ya lo hicieron en Cuba cuando, después de los siete años, se les negó la leche.
Usted creerá que esto es un chiste, pero no. Así, tal cual. Según una nota publicada por Diario de Cuba, un espacio televisivo conducido por Marxlennin Pérez, que se presenta como foro para “debatir, cuestionar y llegar a consensos desde el socialismo cubano”, se centró esta vez en la producción de alimentos. Allí se afirmó, con toda seriedad, que la papa es un tubérculo andino y que el arroz es un cereal asiático perfectamente sustituible en la dieta nacional.
El doctor en Ciencias Roberto Caballero Grande, miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, cuestionó abiertamente el consumo de productos profundamente arraigados en la mesa cubana. Alegó que, al ser la papa endémica de la cordillera de los Andes, más del 50 % de lo almacenado se echa a perder porque el clima cubano no le favorece.
Esa es, sin exagerar, una de las justificaciones más absurdas que se puedan escuchar, no solo en la televisión nacional, sino en cualquier esquina de barrio. ¿Por qué no decir la verdad? ¿Por qué no explicar que la papa se pudre porque no hay frigoríficos y, cuando los hay, no funcionan? ¿Por qué no decir que no hay transporte para distribuirla, que no hay combustible, que no hay llantas, que a veces no hay ni aire para inflar las gomas? ¿Por qué no admitir que, en lugar de entregar el producto al pueblo antes de que se eche a perder, se deja morir en almacenes inservibles?
La papa no se pudre por el clima. Se pudre por la ineficiencia del ministerio que debería garantizar su conservación y distribución. Es decir, se pudre por el régimen.
Con el arroz ocurre algo muy parecido. En Cuba, en Pinar del Río, específicamente en mi pueblo, el cultivo tradicional era el arroz. Miles de caballerías formaban auténticos mares verdes, interminables a la vista. En 1958 se construyó allí un molino arrocero, el más grande y moderno de toda América en su época, capaz de procesar miles de toneladas diarias del cereal.
¿Qué pasó con todo eso? Lo dejaron deteriorar. El molino, las tierras, los sistemas de riego, la cosecha. ¿Por qué hoy no hay arroz suficiente en Cuba? Porque las tierras tuvieron que arrendárselas a los vietnamitas. Lo mismo ocurrió con los molinos, el de Cubanacán y el de Los Palacios, y con los silos de secado. Hoy el arroz se va para Vietnam y al cubano se le pide que “adapte su dieta”.
¿La razón? No es el clima. No es la procedencia asiática del arroz ni andina de la papa. La razón es una sola y bien conocida: la ineficiencia gubernamental. Pretender reeducar el paladar del cubano para ocultar décadas de abandono, mala gestión y propaganda es, además de ofensivo, una burla a la inteligencia colectiva.
El problema no está en la papa ni en el arroz. El problema está en un sistema que, incapaz de producir y distribuir alimentos, intenta convencernos de que nunca los necesitamos.