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Por Oscar Durán
La Habana.- No es el arroz ni la papa lo que tiene que dejar de comer el cubano. De hecho, hablar de eso ya roza el sarcasmo, porque hace rato esos alimentos dejaron de ser una costumbre diaria para convertirse en un recuerdo. Lo verdaderamente indigesto es el discurso oficial, ese que se repite como letanía para justificar lo injustificable, mientras la mesa está vacía y el refrigerador sirve más de escaparate que de electrodoméstico.
Durante años nos han querido convencer de que la escasez es una consecuencia natural, casi bíblica, de un enemigo externo que no nos deja vivir. El famoso bloqueo se ha convertido en el comodín perfecto: lo mismo explica la falta de comida que la ausencia de medicamentos, el desastre eléctrico o el colapso del transporte. Todo cabe en ese relato, menos la autocrítica y la responsabilidad de quienes administran el país como si fuera una finca arruinada.
El problema es que ese cuento, repetido hasta el cansancio, ya no alimenta ni la fe. El cubano de a pie sabe —porque lo vive— que no hay arroz ni papa no por culpa de Washington, sino por décadas de malas decisiones, centralización absurda, corrupción enquistada y un modelo económico que castiga al que produce y premia al que obedece. Pero aun así, pretenden que sigamos tragando el cable sin protestar.
Mientras tanto, los mismos que piden sacrificio comen bien, viajan, tienen acceso a mercados exclusivos y viven ajenos a la realidad que dicen defender. Desde ahí arriba se pontifica sobre dietas, resistencia y creatividad, como si el hambre fuera un experimento social y no una tragedia cotidiana. Al pueblo se le pide aguante; al poder, nunca se le exige resultados.
Por eso la afirmación es tan certera como dolorosa: lo que el cubano tiene que dejar de comer son los cuentos. Porque cada mentira ingerida es una forma de sumisión, y cada excusa aceptada alarga la agonía. Cuando dejemos de tragarnos el discurso, quizás empecemos, por fin, a exigir lo único que importa: una vida digna, sin muelas, sin consignas y con comida real sobre la mesa.