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Bendita seas, “penetración cultural»

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Por Iran Capote

Pinar del Río.- Nadie en mi casa creía en la magia de la Navidad. Ni en el sentido religioso, ni en el sentido del festejo popular. En la casa donde nací, en la de mis abuelos, nunca hubo un arbolito, una imagen religiosa, un duende, un Santa Claus… nada. Nadie festejaba la Nochebuena por dos motivos importantes: Primero, porque la cosa estaba pelada en aquellos años noventa y pico en que ocurrió mi infancia. Y segundo, porque nadie creía en festejos que no fueran el triunfo de la revolución el 1 de enero y el 26 de julio.

En ambos casos, se mataba un puerco, se reunía la familia, tomaban ron, jugaban dominó y aun estando uno al lado del otro conversaban gritándose como si estuvieran a kilómetros de distancia entre ellos.

Hablaban de los mismos temas de todos los días. Hacían alabanzas al honor del sacrificio. Creo que competían para ver quién era más sacrificado que otro. También hacían alabanzas a las enfermedades. Creo que competían para ver quién tenía más enfermedades que otros, quién tomaba más medicamentos, quién estaba más jodido, más sacrificado, más resistente… cosas del pensamiento revolucionario.

Nadie decía: “Vamos a brindar por el amor y por La Paz que debe reinar en nuestra familia “. Nadie decía: “Gracias Dios, por la bendición de poner todos los días un plato de comida en nuestra mesa…”

Dios era una palabra prohibida en mi familia. Y si alguien lo mencionaba o decidía profesar una religión era motivo de burlas y rechazo. Mi abuelo dijo una vez y yo nunca lo olvidé: “Cuando los Testigos de Jehová toquen a la puerta, hay que decirles que aquí solo hay dos dioses: Fidel Y Raúl…”

(Ahora hice una pausa para respirar profundo antes de seguir escribiendo)

Pues así crecí sin Navidad, sin festejos, sin paz…

Desde luego, tampoco creía en nada de eso. No podía traicionar la sagrada ideología de mi familia, que era la misma que la de Revolución.

En el mismo barrio vivía una vecina que era parte lejana de nuestra familia y se había criado en la religión católica. Todos los diciembres construía un arbolito de navidad con un gajo de una planta cuyas hojas son lechosas. Del gajo colgaba adornos que ella misma hacía con papeles brillantes. Debajo tenía un conjunto de figurillas de “un nacimiento “. El arbolito tenía luces y creo que hasta una melodía…

Lo tenía en un rincón de la casa, con una discreción tremenda. Y a mí se me iban los ojos para ahí. Un día aproveché y ella me explicó todo “el nacimiento”. La Virgen, José, el Niño Jesús y Los Reyes Magos. Fue una explicación fugaz que me generó muchas dudas. Creo que le comenté a mi mamá y me dijo: “¡Eso no son más que comeduras de mierda!”

Pues con el tiempo, ya estudiando teatro, entré a una iglesia por algún motivo. Era Navidad, ya estaba puesto el Arbolito y un Nacimiento enorme y vistoso que me dejó sin aliento.

Desde ese día investigué todo sobre las celebraciones de Navidad. Aún cuando en mi casa las cosas seguían siendo de la misma manera.

Con el tiempo y el trabajo en reforzar mi fe, la Navidad se volvió mi etapa favorita del año y no solo por los festejos religiosos , sino por su significado espiritual, por su mensaje de felicidad, de amor, de paz, de esperanza…

Lo dije a los míos desde octubre: Este año seremos los protagonistas de nuestra propia Navidad. Como es. De cabo a rabo. Así que se pone todo el mundo creativo. Así que empieza todo el mundo a echar un dinerito pa’l lado, a echar un poquito de azúcar pal lado.

Empezaron las quejas:

Ay, Niño, ¡¡con la cosa como está!

Ay, la miseria del país!

Ay, ¡los apagones!

Ay, ¡los precios!

Ay, ¡¡el chikungunya!

Ay, no compres decoración que eso es una comemierdá!

Mares de quejas históricas y cotidianas.

Y ya pa hacerlo más creíble dije: “Va a salir porque me sale de las pelotas… y no estoy hablando de las del arbolito. “

Lo primero que compré fue este cascanueces de la foto, porque siempre quise tener uno.

Y luego el aro verde de la puerta que simboliza la eternidad del espíritu navideño.

Y entonces, vino todo lo demás: comprometer a todos de lo importante de esta celebración. De que más que una noche para comer y emborracharse, debemos hacer conscientes nuestro agradecimiento a Dios por La Paz y el amor en nuestras casas y en nuestras familias. Y esperar la llegada del niño Jesús .

Desde hace semanas no se hablaba en casa de otra cosa que de esta fiesta. Buscando esto y aquello, descargando villancicos para la banda sonora. Poniendo aquí y allá. Explicando e investigando el porqué de cada cosa. Y pidiéndole a Dios que por ningún motivo entrara la desmotivacion por la puerta.

Está prohibido hasta el 6 de enero hablar en esta casa de desgracias. Y menos de la desgracia de este gobierno. Está prohibido la queja, hablar del virus o los apagones. Hay 11 meses del 2026 para eso.

Estas navidades que me han devuelto la ilusión, que me han llenado de amor y de paz, no me las jode nadie.

Durante la cena de Nochebuena, se escucharon cascabeles sonando desde la calle. Me dije: “No puede ser”…

Salí corriendo al balcón. Y ahí estaba Santa, con su saco de regalos subido a una Motorina. Los que estaban en la calle lo saludaban.

Y yo, con mucha emoción, le grité: “¡Santaaaa!!!” Y me saludó con la mano mientras seguía su viaje. Porque seguro iba para alguna fiesta particular. Fue un top de mi felicidad esa noche, aunque me hubiera encantado que subiera a casa… Pero estuvo cerca, tan cerca que el año que viene lo velaré para decirle a tiempo que entre a casa y cene conmigo.

Para decirle que el único viejo con barba que puede ilusionarme es él. Porque ya otros viejos con barba hace muchos años destruyeron en mi familia la ilusión, La Paz, el amor y la esperanza.

El año que viene le pediré a Santa que entre a casa, aunque solo sea una comermierdá mía.

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