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Por Jorge Sotero
La Habana.- Miren bien la foto. No hace falta lupa ni contexto: basta el golpe visual. Ese hombre parece cualquier cosa menos un dirigente. No hay solemnidad, no hay autoridad, no hay ni siquiera respeto por el cargo que ocupa. Es la estampa del desorden, del “esto es lo que hay”, del da lo mismo. Un intendente deun municipio no puede parecer un tipo que salió a comprar pan y se quedó conversando en la esquina. Pero en Cuba todo se diluyó: la institucionalidad, la vergüenza y el sentido del ridículo.
No se trata de moda, ni de marcas, ni de vestir caro. Se trata de entender qué representas. Ese cargo no es personal, es simbólico. Cuando un funcionario público se muestra así, desaliñado, improvisado, sin la menor noción de imagen pública, está diciendo algo muy claro: el puesto no importa, el municipio no importa y la gente tampoco. La decadencia del poder en Cuba también se mide en estas pequeñas grandes burlas.
La dictadura ha logrado algo peor que la miseria material: la vulgarización del mando. Antes los dirigentes al menos fingían seriedad; hoy ni eso. Hoy cualquiera es cuadro, cualquiera manda, cualquiera decide sobre la vida de los demás con la misma ligereza con que se pone una camisa arrugada. El problema no es el hombre de la foto – cuyo nombre no me interesa-; el problema es el sistema que lo pone ahí y lo exhibe sin pudor.
Esa imagen resume la Cuba de hoy: un país sin forma, sin rigor y sin futuro. Donde los cargos se regalan, la autoridad se caricaturiza y el poder se convierte en choteo. Después se preguntan por qué nadie cree, por qué nadie respeta, por qué todo se cae a pedazos. No es casualidad. Es consecuencia. Y esta foto, aunque les duela, es un retrato perfecto de esa ruina.