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Por Oscar Durán
La Habana.- En Cuba, la navidad no huele a pino ni a manzana. Huele a humedad, a encierro, a sudor viejo de calabozo. Mientras en otras partes del mundo se reparten regalos, aquí se reparten condenas. Y mientras algunos brindan, otros cuentan las horas mirando un techo sucio, esperando que el día termine sin golpes, sin castigos, sin noticias malas.
Esta navidad, los cubanos no podemos darnos el lujo de olvidar a los presos políticos. A ninguno. Porque olvidarlos sería matarlos un poco más.
Son hombres y mujeres que no robaron, no asesinaron, no violaron a nadie. Su delito fue gritar libertad, protestar contra los apagones interminables, decir basta. Y por eso hoy duermen sobre planchas frías, comen comida podrida y viven bajo la humillación diaria de un sistema que disfruta castigando al que piensa diferente.
Gabriel Barrenechea es uno de ellos. Un nombre más en una lista larga, pero con una herida que no cicatriza. A Gabriel no solo le quitaron la libertad. Le quitaron algo peor: la despedida.
Su madre murió y el régimen decidió que no merecía verla por última vez. No hubo permiso, no hubo compasión, no hubo humanidad. Gabriel quedó encerrado, sabiendo que su madre se iba de este mundo sin el abrazo de su hijo. Esa escena, que no vimos, pesa más que cualquier sentencia escrita en un papel.
Imaginen eso por un segundo. Imaginen estar preso injustamente y recibir la noticia de la muerte de tu madre como quien recibe un parte médico frío, sin rostro, sin consuelo. Imaginen que te nieguen el derecho básico de llorar frente a un ataúd. Eso no es justicia. Eso es sadismo de Estado.
Las cárceles cubanas, esas mazmorras del castrismo, no entienden de fechas ni de sentimientos. Allí la navidad es solo otro día de tortura psicológica. Otro día donde el tiempo no pasa y la esperanza se reduce a no perder la cordura.
Afuera, las familias ponen una vela, no por tradición, sino porque no hay corriente. Muchas de esas velas alumbran fotos. Fotos de hijos, esposos, hermanos presos. Fotos que miran en silencio, preguntándose cuánto más va a durar esta pesadilla.
El régimen quiere que sigamos adelante, que celebremos, que cantemos villancicos mientras ellos encarcelan inocentes. Pero no. No esta navidad.
Esta Navidad es de luto. De memoria. De rabia contenida.
Porque mientras haya un preso político en Cuba, no hay nada que celebrar. Mientras Gabriel Barrenechea y tantos otros sigan encerrados por pensar distinto, cualquier brindis sería una traición.
Que no se nos olvide ninguno. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. El día que los olvidemos, habrán ganado ellos. Y ese día, Cuba estaría todavía más presa de lo que ya está.