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Por Jorge L. León

Houston.- Durante más de seis décadas, manuales escolares, folletos oficiales y textos “formativos” del régimen —entiéndase la tiranía castrista— han repetido una consigna hasta convertirla en dogma: antes de 1959 Cuba era una neocolonia yanqui. La frase, martillada sin matices, ha servido para justificar el desastre posterior. Sin embargo, cuando se contrasta ese relato con los hechos, la consigna se desmorona.

Si aquello era una “neocolonia”, era una neocolonia que funcionaba. Y funcionaba muy bien.

Una economía que producía y no mendigaba

La Cuba republicana contaba con una economía pujante y diversificada para los estándares de América Latina. Existía una industria azucarera moderna, sí, pero también producción de alimentos, fábricas de cerveza, cemento, textiles, tabaco, calzado, jabones, conservas y bienes de consumo. El país importaba tecnología y exportaba valor, no personas.

El peso cubano era una moneda sólida y respetada; durante años mantuvo paridad e incluso ventaja frente al dólar. El ahorro existía, el crédito funcionaba y el salario alcanzaba para vivir sin humillación.

Infraestructura, educación y movilidad social

Cuba poseía una infraestructura colosal para su tamaño: carreteras, ferrocarriles, puertos, hospitales y un sistema eléctrico en expansión. La educación pública y privada formaba técnicos, maestros, ingenieros y profesionales que se insertaban en la economía nacional. Había movilidad social real: el hijo del obrero podía ascender; el talento encontraba espacio.

Un dato irrefutable desarma la propaganda: el cubano no emigraba. No había éxodos, ni balsas, ni estampidas humanas. ¿Por qué irse de un país que ofrecía trabajo, expectativas y dignidad?

¿Dependencia o inserción internacional?

Llamar “neocolonia” a una nación que comerciaba intensamente con su principal socio es una simplificación interesada. Cuba, como cualquier país abierto, estaba insertada en el mercado internacional. Dependencia no es sinónimo de sometimiento; es intercambio. La verdadera dependencia —la de hoy— es vivir de remesas, donaciones y subsidios políticos, sin producir lo suficiente ni para alimentar a la población.

La “independencia” que trajo el comunismo

¿Y hoy? Tras la supuesta “independencia definitiva”, ¿qué somos?

• Una economía improductiva, incapaz de garantizar pan, leche o medicinas.

• Una moneda pulverizada, salarios simbólicos y pensiones que no alcanzan ni para sobrevivir.

• Una infraestructura colapsada, hospitales en ruinas y apagones crónicos.

• Una sociedad expulsada, con millones de cubanos emigrando porque ya no se puede vivir.

El comunismo no liberó a Cuba: la desmanteló. Sustituyó instituciones por consignas, productividad por control, ciudadanía por obediencia. La “soberanía” se redujo a discursos mientras el país se volvió rehén de alianzas ideológicas y de una economía de racionamiento.

Desmontando la falsedad

La gran mentira no fue describir al pasado con defectos —los tenía—, sino usar una caricatura del pasado para absolver un fracaso histórico. Si aquello era una neocolonia, ¿cómo explicar que producía, educaba y retenía a su gente? Si hoy somos “independientes”, ¿por qué no producimos, no alimentamos y expulsamos a nuestros hijos?

La respuesta es simple y contundente: la etiqueta de neocolonia fue el pretexto; el comunismo, la causa del derrumbe. Los hechos, tozudos, hablan por sí solos.

Cuba no necesita mitos. Necesita verdad, memoria y la valentía de admitir que la prosperidad perdida no fue producto de la sumisión, y que la miseria actual sí es consecuencia directa del modelo impuesto. Solo así podrá comenzar, algún día, la verdadera reconstrucción.

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