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Por Jorge L. León
Houston.- Cuba no vive una crisis: vive las consecuencias morales, económicas y humanas de una impostura histórica. La revolución prometió justicia y entregó ruina; prometió dignidad y administró hambre.
Cuba está triste, humillada y desangrada. La tierra que fue fértil y orgullosa yace hoy cubierta de miseria, opresión y desesperanza. Durante décadas, una revolución maldita se vendió como estandarte de justicia; en los hechos, ha sido un vertedero de mentiras donde la verdad quedó sepultada bajo el estiércol de la corrupción y la represión
Mientras la mayoría de los cubanos padece una pobreza desgarradora, persiste un núcleo que se aferra a la ideología impuesta, por ceguera o por cálculo. Ven la podredumbre y la justifican. Son la quinta columna del desastre: los que sostienen el muro de la infamia. En sus manos pesa el encarcelamiento de jóvenes por pensar distinto, la represión brutal del que exige libertad, la miseria administrada como método de control. Cada cómplice es un ladrillo más entre Cuba y la justicia.
Los hospitales son ruinas sin insumos; el enfermo debe llevar sus propios medicamentos para ser atendido. Los ancianos, que levantaron la nación, hoy revuelven la basura para sobrevivir. Las cazuelas están vacías, el pan es un lujo y la noche cae temprano con apagones que recuerdan la oscuridad moral del sistema.
Mientras el pueblo amanece hambriento con una canasta básica humillante, los jerarcas viajan en autos modernos y aviones. Exigen sacrificios desde el derroche. Pronuncian “dignidad” mientras reparten hambre. Prometen futuro mientras destruyen el presente. Ese discurso es una bofetada diaria al cubano que calla por miedo o huye buscando un porvenir que su tierra le niega.
El impacto del dólar selló la división de clases en una revolución que juró erradicarlas. Hay quienes acceden a tiendas en MLC, conexiones y privilegios; el resto sobrevive con una moneda devaluada y sin valor real. El castrismo fabricó amos y esclavos: la sumisión se premia; la disidencia se castiga con exilio o prisión.
¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo la ceguera y la complicidad? La historia ya los condenó, pero el pueblo debe despertar. La miseria moral de quienes sostienen el yugo es tan profunda como la miseria material que impusieron.
Asi las cosas:
La revolución es estiércol. Su fin no es una consigna: es una necesidad histórica. Y está próxima.