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Por Yeison Derulo
La Habana.- En el mal llamado parlamento cubano volvió a pasar lo de siempre. Se paró un diputado —esta vez responde al nombre de Emilio Interián— y, con cara de preocupación ensayada frente al espejo, habló de los problemas infinitos de la ganadería en Cuba.
Dijo sus verdades, se lamentó lo justo y terminó su intervención como quien cumple una coreografía bien ensayada. Aplausos tibios, asentimientos cómplices y a otra cosa. Nada nuevo bajo el sol… o mejor dicho, bajo el apagón.
Lo curioso no es Emilio Interián. Lo curioso es que en cada asamblea aparece un Emilio distinto, pero criticando otras cosas, y al final la mierda sigue igual. Cambia el nombre, cambia la provincia, cambia el tono de voz, pero el guion es idéntico. Todos descubren, de pronto, que no hay alimento animal, que el hurto y sacrificio de ganado está descontrolado, que los campesinos están desmotivados y que la leche no llega. Como si eso fuera una revelación reciente y no un desastre anunciado desde hace décadas.
La ganadería cubana lleva años en terapia intensiva, sin suero, sin médicos y sin esperanza. Las vacas desaparecen más rápido que los discursos coherentes; los potreros están vacíos y los planes productivos solo existen en las libretas de los burócratas. Mientras tanto, el pueblo sigue viendo la carne como un recuerdo de infancia y la leche como un lujo reservado para enfermos con suerte o dirigentes bien ubicados.
Cada intervención de estos diputados es como si se la madaran a hacer desde una butaca del Comité Central. Hablan de “estrategias”, de “enfrentamiento”, de “potencialidades”, pero nadie menciona al verdadero culpable: un sistema que destruyó al productor, criminalizó la iniciativa y convirtió al campesino en sospechoso permanente. Aquí no falta diagnóstico; lo que falta es vergüenza y voluntad política para desmontar el desastre que ellos mismos provocaron.
Y así pasan los años. Cada asamblea es un remake peor que la anterior. Cada Emilio sale a escena, dice su parlamento, se sienta y el país sigue yendo para atrás. La ganadería empeora, la comida escasea y el cubano aprende a sobrevivir sin esperar nada.
Si algo ha quedado claro es que mientras el régimen siga coreografiando discursos, la realidad seguirá bailándonos encima. Te podrá parecer valiente la intervención de Interián y todo lo que tú quieras, pero a ninguno le compro. A ninguno.