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Por Jorge Sotero
San Juan y Martínez.- Raidel Martínez no olvidó el punto de partida. Mientras Japón lo espera para otra campaña de ensueño, el pinareño tuvo un gesto que dice más que cualquier estadística: regresó a su Boca de Galafre, en Pinar del Río, el mismo lugar donde nació, para tender la mano a los suyos. No fue un post vacío ni una foto para el aplauso fácil; fue comida, fue ayuda concreta, fue sensibilidad en tiempos donde eso escasea tanto como el arroz.
En Boca de Galafre, un sitio humilde, golpeado por las mismas carencias que atraviesan toda Cuba, la donación significó alivio. Alimentos básicos llegaron a casas donde el día a día es una batalla silenciosa. Raidel, entendió que el éxito personal no vale de mucho si no mira hacia atrás, si no se comparte con quienes siguen sobreviviendo en el mismo punto de siempre.

Con Raidel se ve un compromiso, memoria y una conexión intacta con la tierra. No habló de política, no hizo consignas, no prometió lo que no puede cumplir. Simplemente ayudó, que en la Cuba actual es casi un acto revolucionario, y no precisamente de lo que estamos acostumbrados a ver.
Mientras el Estado sigue pidiendo resistencia y creatividad desde estudios climatizados, son los hijos de esos pueblos los que, desde fuera, sostienen a los de dentro. Boca de Galafre lo sabe. Y Raidel Martínez, con este gesto, dejó claro que se puede triunfar lejos sin desprenderse del origen. Porque hay lanzamientos que no se miden en millas por hora, sino en dignidad.