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Por Oscar Durán
La Habana.- Hoy se celebra el Día del Educador en Cuba, pero no hay nada que festejar. Es una fecha que llega en medio del derrumbe total del país y, por supuesto, del sistema educacional. Un país sin maestros no puede llamarse nación, y Cuba hoy es eso: un territorio donde las aulas se vacían, las vocaciones se extinguen y la educación sobrevive a fuerza de improvisación y miseria. Muy mal estamos, y no hace falta adornar la realidad para decirlo.
El magisterio cubano atraviesa la peor crisis de su historia. Los salarios no alcanzan ni para lo elemental y han convertido a los maestros en mendigos del calendario, esperando que llegue su día para recibir un regalo que supla lo que el Estado les niega durante todo el año. Un jabón, una blusa, una jaba simbólica: esa es la “estimulación” con la que el régimen pretende tapar décadas de abandono y desprecio.
El panorama es tan desolador que muchos de los que hoy están frente a un aula ya deberían estar descansando. Maestros jubilados, con 70 años encima, regresan a las escuelas no por amor a la enseñanza, sino por necesidad. Personas que entregaron su vida al sistema, que formaron generaciones, hoy vuelven porque su pensión no les alcanza para sobrevivir. Es una escena triste, casi cruel: abuelos dando clases mientras el país les roba el derecho a una vejez digna.
No hay relevo. Los jóvenes huyen del magisterio como de una peste. ¿Quién quiere estudiar cinco años para terminar ganando un salario de miseria, sin respeto social y con una carga ideológica asfixiante? Las escuelas «funcionan» gracias a contratos emergentes, personal sin formación pedagógica y una estructura que se sostiene por inercia. El sistema educacional cubano no está enfermo: está en terapia intensiva desde hace años.
Así llegan los maestros a su día: en medio de la desgracia, apagados como el país, esperando un regalo que alivie, aunque sea por horas, la humillación cotidiana. Cuba es un caos y su educación es el reflejo más claro del fracaso. Sin maestros no hay futuro, pero a este régimen eso nunca le ha importado. Hoy no es un día de celebración; es un día para confirmar, una vez más, que la nación se está quedando sin quienes enseñen a pensar.