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En Cuba comer no es rutina, es una victoria diaria

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Por Yasser Sosa Tamayo

Santiago de Cuba.- Este post no es una foto: es un pulso humano. Sillas alineadas como quien espera justicia, platos de metal que reflejan cansancio y dignidad, manos que tiemblan apenas antes del primer bocado.

Nadie baja la cabeza por vergüenza; la baja por respeto, porque sentarse a comer hoy es resistir.

Cada domingo, en la Iglesia Metodista San Juan de Santiago de Cuba, sucede algo que no cabe en los discursos: más de 400 personas —creyentes, no creyentes, cansados de creer— reciben desayuno y almuerzo sin condiciones.

Aquí no se pide fe a cambio del pan. Aquí el pan es la fe. He visto a un anciano guardar un pedazo para después. A una madre dividir su porción con precisión de amor. A hombres comer despacio, como si así el alivio durara más.

Yo estoy ahí, sin protagonismo, mezclado entre quienes sirven y quienes reciben.

Uno más convencido de que ayudar no es salvar a nadie, sino no dejar caer. De que mirar no basta. De que el dolor ajeno no se observa: se acompaña.

Nada de esto sería posible sin las hermanas y los hermanos de manos invisibles. Los que llegan temprano, los que cocinan con lo justo, los que organizan cuando falta, los que sostienen sin aplausos.

No salen en las fotos, pero son el cimiento. Y los necesitados son cada día más. Más rostros, más familias completas, más mesas vacías.

En Cuba, una comida sencilla para una familia es hoy un problema cotidiano. Imagínese entonces pensar en 5000 personas. No como cifra, sino como noches donde el estómago no deja dormir.

Navidad llega con luces que no alcanzan a todos

Aquí la Navidad se construye a pulso: una cena compartida, una prenda que abriga, un gesto que devuelve dignidad.

Durante esos días queremos acompañar a miles de familias, no para borrar sus carencias —ojalá—, sino para decirles: no están solas.

El pastor Darlon Bermúdez guía este camino sin estridencias, con la certeza de que la espiritualidad verdadera se mide en platos servidos y presencia constante.

Aquí el amor al prójimo no es consigna: es rutina, es cansancio, es insistencia.

Todo esto cuesta. Tiempo, organización, esfuerzo… y recursos. Pero cada gesto solidario se transforma en algo concreto: comida que llega, abrigo que protege, arte que alimenta el alma.

Porque cuando una comunidad decide alimentar, vestir y acompañar, no está haciendo caridad. Está defendiendo la vida, una cucharada a la vez, mientras aprendemos a no mirar hacia otro lado.

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