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Las felicitaciones selectivas y silencios convenientes de Díaz-Canel

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Miguel Díaz-Canel tiene reflejos automáticos. Cuando gana un presidente de izquierda en cualquier punto del mapa, saca un X más rápido que la libreta de abastecimiento cuando anuncian pollo. Felicitaciones efusivas, palabras grandilocuentes, discursos sobre la hermandad de los pueblos y la soberanía. No es ideología, es necesidad. Cuba hace décadas dejó de ser un país para convertirse en un pedigüeño profesional, una jinetera política que se vende al mejor postor porque no sabe —ni puede— vivir por sí misma.

Cada victoria de la izquierda latinoamericana es, para el castrismo, una bocanada de oxígeno artificial. Un nuevo aliado al que pedirle petróleo, créditos blandos, alimentos o silencio diplomático. Por eso Díaz-Canel celebra como si hubiera ganado él mismo. No es solidaridad: es supervivencia. La revolución hace rato no produce nada, excepto presos políticos y discursos huecos, así que necesita gobiernos afines que le estiren la agonía.

Ayer, sin embargo, ganó la derecha en Chile. José Antonio Kast se impuso y el silencio de La Habana fue inmediato, cómodo y predecible. Ni un X, ni una felicitación protocolar, ni un mensaje diplomático de manual. Nada. Díaz-Canel, que opina de todo, que se mete en cada proceso electoral ajeno cuando le conviene, ahora guarda una prudencia que no es respeto, sino miedo.

Porque la derecha no se presta para el chantaje sentimental ni para la narrativa de la revolución eterna. A la derecha no se le puede vender el cuento del bloqueo mientras el país se cae a pedazos por pura incompetencia. Y eso al régimen le molesta. Prefiere callar antes que reconocer que en América Latina también hay pueblos que votan cansados de la izquierda fracasada, esa misma izquierda que Cuba intenta exportar como si fuera un producto viable.

El silencio de Díaz-Canel dice más que cien discursos en la Mesa Redonda. Confirma que Cuba no tiene principios, solo conveniencias. Que felicita cuando hay posibilidad de estirar la mano y se esconde cuando sabe que no habrá nada que raspar. Así ha funcionado siempre la dictadura: dependiendo de otros, viviendo de favores y callando cuando la realidad no le sonríe. Chile cambió de rumbo; La Habana, una vez más, se quedó muda.

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