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Por Javier Bobadilla ()

La Habana.- Imagina que eres Yosvany Rosell y descubriste que estás en guerra. No debería ser difícil. Todos estamos presos; todos estamos en guerra.

¿Qué lleva a un herrero de 37 años, con esposa y tres hijos, a una huelga de hambre que era una muerte segura? ¿Cómo y cuándo descubrió lo que todos están tratando de ignorar? Condenado a 15 años por participar en las protestas del 11J, ha cumplido cinco. Quizá la mejor alternativa sería esperar tranquilo, portarse bien y dejar que la obsesiva compulsión por el control del «gobierno» haga lo suyo. Un hombre obediente es un tesoro. No se pueden resistir a eso.

¿Cómo entender a Yosvany Rosell? Yo entiendo a quien ha encontrado al guerrero dentro de sí. Al que ya no tiene nada que perder. Yo soy un hombre sin hijos que se está poniendo viejo y que todavía cree en los superhéroes; que no ha aportado a esta sociedad moribunda nada más que unas reflexiones que de bastante poco han servido. Como dijera José Gabriel Barrenechea antes de ser preso político, los cincuentones no hacen revoluciones. Pero él lo intentó. Cuando veo a alguien decidido a dejar un camino de fuego en el cielo y consumirse en el impacto, no puedo sentir sino orgullo por él, y envidia por mí.

Pero nos duele más cuando Perdomo se muere de mentira en la novela por unas movidas de un tarro que pegó hace 30 años, que cuando un padre de familia se muere de verdad en una cárcel-infierno cubana. Tampoco vengo aquí a dar una lección de moral. De los 40 días que Yosvany Rosell estuvo en huelga de hambre, yo estuve 15 con chikungunya y el resto de fiesta por ahí. Y voy a seguir de fiesta, porque el único recurso a mano es la enajenación; pero si no escribo esto, ¿adónde va a ir a parar mi conciencia?

La estupidez y la perfidia

Si no te sientas aunque sea un solo día e imaginas que eres Yosvany Rosell, ¿a dónde va a ir a parar tu conciencia? Un día viene un hombre y te recuerda, por las malas, que tu país no es tuyo, que tu futuro tampoco es tuyo, pero que incluso tú no eres tuyo: ni tus pensamientos, ni tus hijos, ni tus derechos, ni tu trabajo, ni nada.

Y en ese hombre ves la estupidez y la perfidia, porque ese hombre tampoco es de él, ni es su país, ni sus pensamientos son suyos, ni su futuro existe más allá de impedir que el tuyo exista; y lo único que lo mueve es la repugnante necesidad de ejercer un poder que no va más allá de imponer la voluntad de otro por encima de él, sobre ti.

Y después viene otro hombre, más pausado, casi ausente, que te recuerda que incluso después de la muerte no habrá un final. Que tu familia va a sufrir las consecuencias de tu rebelión. Que eres tú el culpable de lo que les sobrevendrá. Que eres el culpable de la gran venganza que, con furiosa ira, ellos mismos ejecutarán contra tus hijos. Y se irá, con la misma mirada ausente y una sonrisa.

Dentro de ti… eres libre

Y habrá un tercer hombre, más tarde, que te dirá que nada de esto es necesario. Que no hay una guerra. Que no tiene sentido. O que a nadie le importa. Que nadie te recordará. Que hay una vida por delante. Y todo lo que dice es mentira. Mientras tanto, el peso del hambre, que empezó como un puño debajo de las costillas, ahora te aplasta. En la mente se mezcla todo lo que te han dicho, y todo es borroso.

Hay un punto —el único nítido, el centro de la tormenta— en el que está la única idea clara: tú no eres de nadie más. Tú eres tuyo, tengas o no futuro, tengas o no país o derechos. Estés o no estés vivo, tú eres y serás el dueño de esa única idea, y eso te hace libre: dentro de tu cuerpo destruido, dentro de la prisión-infierno, dentro del país-prisión-infierno.

Hoy me voy a ir de fiesta otra vez, pero sabiendo que estamos en guerra; y que yo soy mío, que mis ideas son mías, y que mi país debería ser mío, y con él mis derechos, mi trabajo y, sobre todo, mi futuro. Al lado mío, la gente estará soñando con que mágicamente «esto se arregle». Tú, imagina que eres Yosvany Rosell. A estas alturas, no debería resultarte difícil.

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