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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

A estas alturas, con eso, ¡¡¡de nuevo !!!

Houston.- En un país donde la crisis ya no es un episodio, sino un estado permanente, las declaraciones oficiales deberían mostrar seriedad, responsabilidad y un mínimo de vergüenza. Sin embargo, la escena vuelve a repetirse: un funcionario del régimen se planta ante las cámaras para vender, con gesto ensayado, una versión de la realidad que nadie en Cuba reconoce. Esta vez fue Joaquín Alfonso Vásquez, “ministro” de turno, quien dejó una frase que retrata mejor al sistema que pretende defender:

“Vamos a construir un socialismo adaptado a las características de Cuba.”

El mensaje, pronunciado en pleno colapso nacional, no solo resulta desafortunado: es un insulto. Después de 66 años de políticas fallidas, de modelos obsoletos, de improvisaciones y de una crisis que ya roza lo estructural, hablar de “construir” suena a burla. Y peor aún, sugerir que ahora sí se adaptará el socialismo a la realidad del país es ignorar —o esconder deliberadamente— que cada intento anterior ha terminado en ruina, escasez y desamparo para millones de cubanos.

En la foto del funcionario, la pose habla más que las palabras. No se observa un líder ni un técnico competente, sino el típico burócrata diseñado para sobrevivir en el engranaje del poder: serio sin convicción, rígido sin autoridad, seguro sin contenido. Es la imagen del funcionario que repite, no del que piensa. Del que obedece, no del que propone. Y en eso reside buena parte del drama nacional: un país administrado por cuadros que no rinden cuentas, no miran a los ojos al pueblo y no sienten el impacto de sus decisiones.

El optimismo versus la crisis total

Mientras él pronuncia su frase, la realidad avanza en sentido contrario. El país vive una inflación que pulveriza el salario antes de llegar a las manos del trabajador. Los apagones se han convertido en rutina. Las farmacias están vacías. El transporte público es un rastro fantasma. El dólar se dispara. Y cada día, decenas de familias preparan maletas para escapar, empujadas por la desesperanza.

En ese contexto, su promesa de “adaptación” es una maniobra evidente: intentar maquillar un fracaso prolongado bajo un nuevo eslogan político. Cuba no necesita adaptar un modelo que ya demostró su incapacidad; necesita superarlo, superarse y liberarse de quienes viven justificando el desastre.

El mensaje del ministro, más que una declaración, es un síntoma: muestra que la dirigencia sigue atrapada en la narrativa que construyó para sí misma, desconectada del país real. Hablan como si gobernaran una nación funcional, cuando la isla enfrenta un deterioro sin precedentes. Pretenden explicar el hundimiento con frases hechas, cuando la gente exige hechos, soluciones y cambios profundos.

Y, sin embargo, hay algo que recuerdan poco quienes ocupan estos cargos: el desgaste político no depende de ellos, sino del cansancio del pueblo. Los discursos pueden repetirse, pero la paciencia social no es infinita. Y Cuba está hoy más cerca del límite que nunca.

La historia demuestra que ningún país soporta indefinidamente que lo subestimen.

Los pueblos terminan por despertar, incluso cuando los ministros insisten en dormirlos.

Y cuando ese despertar se convierte en consenso, ningún funcionario —por dócil que sea, por obediente que aparente, por disciplinado que parezca— puede detener el curso inevitable de la verdad.

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