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Por Esteban David Baró ()
La Habana. – En Cuba, donde hasta el arroz desaparece, ahora también escasea la paciencia matrimonial. Los tribunales tramitaron más de 21 mil 300 procesos vinculados a divorcios en lo que va de 2025, una cifra tan alta que pareciera que la crisis decidió convertirse en terapeuta… pero uno especializado en separar, no en unir.
El propio presidente del Tribunal Supremo Popular, Rubén Remigio Ferro, confirmó que de los 27 mil 67 asuntos relacionados con el Código de las Familias atendidos este año, casi el 79 por ciento son divorcios.
Realmente lo único que no falta en Cuba es gente rompiendo papeles. “Cuba mantiene una alta tasa de divorcios”, dijo Remigio con la serenidad de quien anuncia el parte meteorológico. Y claro, después de la disgregación viene la segunda temporada: custodia de los hijos, reparto de bienes, compensaciones económicas, o sea, repartir lo que ya era poco.
Unos cinco mil matrimonios lograron separarse «por mutuo acuerdo», quizás porque discutir cuesta energía, y esa también está en déficit. El resto terminó en pleitos más densos que una cola del pollo.
“Antes discutíamos por celos, ahora discutíamos por quién se quedaba con el último huevo. Así no hay romance que aguante”, cuenta Danelis Solás, 42 años, recién divorciada.
También llegaron mil 358 reclamaciones por compensaciones económicas y guarda y cuidado, con mil 134 disputas por la custodia de menores y 208 casos de abuelos pidiendo derecho de visita. Cada vez más familias funcionan como rompecabezas incompletos.
Pero la estadística que realmente merece aplausos (o lágrimas) es la del territorio que lidera la ruptura familiar. Isla de la Juventud, la «Isla del Amor»… pero solo si hablamos del amor perdido.
La explicación de los especialistas es un déjà vu nacional. Crisis económica prolongada, estrés social, escasez y emigración.
“Mi marido se fue porque dice que el amor entra por la cocina… y ahí solo había humo. Yo no podía competir con eso”, lamenta Maritza Cárdenas, bibliotecaria de 58 años.
Cuando una pareja pasa más tiempo calculando cómo cocinar sin aceite que conversando, el romance tiende a evaporarse más rápido que el café.
En resumen: no es que los cubanos amen menos. Es que amar cuesta, y en Cuba, hasta el amor se está volviendo un lujo importado.
«Cuando uno pasa el día entero apagando apagones, es normal que al final se te apague el amor también», dice Mario Cifuentes, chofer, quien asegura que la crisis “le desconectó el matrimonio”.
Mientras tanto, el divorcio —ese sí— sigue siendo ciento por ciento nacional, disponible y sin desabastecimiento.