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Por Anette Espinosa (9
La Habana.- Hay personajes que no son simples voces del régimen, sino sus manuales de instrucciones. Reinaldo Taladrid Herrero, el operador ideológico de rostro adusto y verbo afilado, graduado de la escuela-laboratorio Vladimir Ilich Lenin, fue durante décadas el profesor de odio de una nación. Desde la Mesa Redonda o las páginas de Granma, su tarea no era informar, sino fabricar enemigos.
Con la precisión de un cirujano de la calumnia, diseccionó al exilio cubano, y en particular a Jorge Mas Canosa, en la infame biografía-ajusticiamiento «El Chairman Soy Yo». Aquel no fue un libro; fue un acto de guerra psicológica, un expediente del G-2 con portada de tapa dura donde las acusaciones –CIA, narcotráfico, incesto– servían de cemento para un muro de demonización. Taladrid no era un periodista; era el albañil mayor de la mentira de Estado.
La ironía, ese pájaro negro que siempre regresa a posarse sobre los regímenes totalitarios, tiene hoy un domicilio particular: Calle 23 entre F y G, en el Vedado. Allí, en una de las cuadras más cotizadas de La Habana, funciona una ferretería. Un negocio de llaves, candados y herramientas que tiene un dueño silencioso: el mismo Taladrid que durante años sermoneó sobre los peligros morales del comercio privado y la «lacra» de la propiedad.
Su esposa, Melba Ruiz, aparece en los papeles. Pero la pregunta quema como un soplete: ¿De dónde sale el capital para montar un negocio de alto costo en la Cuba del salario de hambre? No del sueldo de un presentador estelar de la TV estatal, desde luego. Es la aritmética elemental de la corrupción: un plus por servicios ideológicos prestados.
Taladrid no es un caso aislado; es el síntoma más nítido. Es el espécimen perfecto de la nueva burguesía roja, una clase que ha hecho de la doble moral su única ética operativa. Mientras el cubano de a pie –aquel al que él solía interpelar con fingido fervor revolucionario– se debate entre apagones de 18 horas, colas interminables por un pollo y la angustia de un hijo en una balsa, la élite castrista ejecuta su transición silenciosa.
No hacia el socialismo, sino hacia un capitalismo de compinches. Ferreterías, chocolaterías gourmet, spas y concesionarias de autos de lujo florecen en La Habana como setas después de la lluvia, regadas por un capital cuyo origen es tan opaco como el de un partido único.
El hombre que pasó su vida desacreditando el «sueño americano» y tildando de traidores a los que huían de la miseria, hoy se ha convertido en su parodia local: el businessman del Vedado.
Lo que por décadas criticó con dogmática saña –la iniciativa privada, la acumulación, el confort material–, hoy lo practica con la fruición del converso. Lo que negaba como posibilidad histórica, lo abraza como realidad personal. El propagandista que alertaba sobre los «cantos de sirena del capital» ahora tararea su melodía desde el mostrador de su tienda.
Al final, el gran desenmascaramiento no lo ha hecho la oposición, sino la propia vida. Taladrid se ha revelado como lo que Fidel Castro más temía y despreciaba: un propietario. Un hombre con un local, una cuenta bancaria y un interés material concreto en el status quo. Su ferretería es el monumento inconsciente al fracaso total de la revolución que juró servir; la prueba de que su utopía solo fue el decorado para una feroz lucha por el botín.
Y así, podemos cerrar con su propia frase predilecta, aquella con la que pretendía darle un aura de imparcialidad a sus diatribas más venenosas. Mirando su negocio, su nueva vida, su silencio cómplice ante la ruina general, solo queda devolvérsela, convertida en espejo: «Saque usted sus propias conclusiones». La conclusión está a la vista, en la vitrina de una ferretería que vende, entre otras cosas, la llave maestra para entender la verdadera naturaleza del poder en Cuba.