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La mujer que derrotó al silencio

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La Habana.- En 1860, en un país que presumía de libertad, una mujer fue encarcelada por el crimen de pensar diferente. Su nombre era Elizabeth Packard, tenía veintiún años de matrimonio, seis hijos y una convicción sencilla: nadie debía dictarle en qué creer. Cuestionó las doctrinas calvinistas de su esposo, asistió a otra iglesia, expresó sus propias ideas, se negó a asentir por obligación. Y eso bastó.

Su esposo, el pastor Theophilus Packard, utilizó la ley como un arma. En Illinois, un hombre podía internar a su esposa en un manicomio con una simple firma. Sin juicio. Sin diagnóstico. Sin evidencia. Solo bastaba declararla “demente”. Elizabeth fue enviada al manicomio de Jacksonville sin que nadie la escuchara, sin oportunidad de defender su lucidez.

Ella llegó esperando encontrar violencia, locura, descontrol. En cambio, encontró algo mucho más perturbador: un edificio lleno de mujeres perfectamente sanas, castigadas por ser incómodas. Esposas que discutían. Hijas que se negaban a matrimonios impuestos. Mujeres que no querían entregar su dinero. Mujeres que opinaban. Mujeres que decían “no”.

Aquel manicomio no buscaba curar; buscaba corregir

Cualquier otra persona habría sido quebrada tras tres años de encierro, lejos de sus hijos, etiquetada como loca por la persona que prometió protegerla. Elizabeth no. En silencio, comenzó a observar. A escribir. A documentar las injusticias que la rodeaban. A construir, desde la oscuridad, un testimonio que algún día iluminaría a muchas más.

Cuando finalmente fue liberada en 1863, su esposo intentó encerrarla de nuevo, esta vez en casa, declarando que seguía siendo “incompetente”. Pero ella ya no iba a permitir que nadie hablara en su nombre. Exigió un juicio con jurado. Y en enero de 1864 se presentó ante un tribunal para reclamar algo tan básico como revolucionario: el derecho a tener su propia mente.

El jurado tardó solo siete minutos en declararla cuerda. Siete minutos para derrumbar tres años de silencio impuesto. Siete minutos para reconocer lo que siempre había sido cierto: no es locura disentir de un marido.

Pero Elizabeth no se detuvo allí. Convirtió su dolor en una misión. Publicó sus memorias. Denunció los abusos contra mujeres encerradas sin motivo. Viajó por el país presionando a legisladores, hablando donde fuera necesario, revelando el sistema que convertía la independencia femenina en diagnóstico psiquiátrico.

Y ganó

Entre 1867 y 1869, Illinois aprobó leyes para impedir internamientos arbitrarios. Otros estados siguieron el ejemplo. Su lucha transformó la protección legal de las mujeres casadas, fortaleció su personalidad jurídica y estableció garantías que hoy damos por sentadas.

Elizabeth Packard murió en 1897, pero su legado se mantiene vivo cada vez que la ley exige un juicio, una prueba, un debido proceso. Cada vez que una mujer puede decir “no” sin temer ser silenciada. Cada vez que la sociedad reconoce que la disidencia no es enfermedad, sino conciencia.

La próxima vez que alguien cuestione la necesidad del feminismo, basta con recordar a Elizabeth Packard: tres años de encierro solo por pensar en voz alta. Su esposo quiso enterrarla en silencio. Ella decidió que ninguna mujer volvería a desaparecer por tener una mente propia.

A veces, lo más peligroso —y lo más necesario— que puede hacer una mujer es negarse a fingir que es otra persona.

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