Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- El castrismo no forma simples espías: fabrica kamikazes ideológicos, individuos moldeados para entregar la vida, y la poca autonomía mental que conservan, a una causa que no admite grietas, dudas ni humanidad. Son personas reducidas a un solo hemisferio político, incapaces de procesar nada fuera de la doctrina revolucionaria. El régimen los convierte en una especie de bacteria ideológica, un parásito mental que se instala en el cerebro y anula cualquier pensamiento crítico, cualquier rastro de identidad propia.
Su misión no es solo vigilar, infiltrar o delatar. Su misión es autodestruirse en nombre del castrismo, quemar su existencia en un sacrificio absurdo que ni siquiera es reconocido plenamente por quienes los usan como piezas desechables.
El caso de Enoel Salas Santos es la expresión más grotesca de esa deformación humana. Infiltrado durante veinte años entre los presos políticos cubanos, se tragó, sin rechistar, los mismos maltratos, las mismas celdas húmedas, los mismos golpes y humillaciones que el resto de los reclusos que realmente luchaban por un cambio en Cuba. Salas Santos no fue un espía común. Fue un hombre que aceptó vivir dos décadas de miseria carcelaria, dos décadas respirando el hedor del encierro, dos décadas presenciando el sufrimiento de los demás… para finalmente revelar su condición de agente infiltrado del régimen.
Pero, ¿qué clase de causa exige a un hombre que se destruya a sí mismo para sostener un sistema que lo desprecia? Para el castrismo, la respuesta es simple: la causa lo justifica todo, incluso convertir al espía en prisionero de su propia infiltración.
Tras veinte años de «misión», al régimen solo se le ocurrió colgarle en el pecho la medalla “20 Aniversario” del MININT, un gesto burocrático, frío y casi cínico. No hubo reconocimiento real, no hubo futuro, no hubo compensación por dos décadas de degradación física y psicológica.
Su final fue el mismo que el de muchos de los que no tenían uniforme ni misión secreta: murió como un perro hambriento, tirado sobre un colchón de paja, abandonado por el mismo aparato al que entregó su vida. Esa es la paradoja del castrismo: exige lealtades totales, pero devuelve ingratitudes absolutas.
Los espías del régimen, lejos de ser héroes, son víctimas de una maquinaria que los utiliza, los tritura y los desecha. Los moldean para que vean el mundo a través de una sola línea ideológica, para que sufran con convicción, para que entreguen sus mejores años en operaciones sucias que no cambian nada. Y cuando ya no sirven, se convierten en un estorbo más, en una sombra, en un recuerdo incómodo.
El castrismo produce kamikazes ideológicos incapaces de comprender que sacrifican su vida por un sistema que no está dispuesto a sacrificar nada por ellos.
La historia de Enoel Salas Santos no es excepcional dentro del engranaje represivo cubano: es la norma. El régimen crea fanáticos que creen servir a una revolución, pero en realidad sirven a un poder que no reconoce ni la dignidad ni la vida de quienes se le subordinan. Me refiero a todos, deportistas, artistas, militares, todo aquel que defiende lo que un día se arrepentirá de haber defendido.
Convencer a un hombre para que se infiltre entre presos políticos durante veinte años es una muestra de hasta dónde llega el castrismo para sostener su narrativa. Pero permitir que ese mismo hombre muera abandonado, enfermo y olvidado demuestra lo que realmente vale la lealtad para la maquinaria revolucionaria: absolutamente nada.